Sábado 8 de octubre

Meditación

Oraciones a la madre de Jesús

I. El día que una mujer del pueblo le gritó a Jesús: ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’ (Lc 11, 27-28), comenzó a cumplirse el Magnificat: “…me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Una forma de alabar y honrar al Hijo de Dios es venerar y enaltecer a su Madre. A Jesús le llegan muy gratamente los elogios a María. Por eso nos dirigimos muchas veces a Ella con tantas jaculatorias y devociones, con el rezo del Santo Rosario. La Virgen es la senda más corta para llegar a Cristo, y por Él, a la Trinidad Beatísima. Honrando a María, siendo de verdad hijos suyos, imitaremos a Cristo y seremos semejantes a Él. Con Ella vamos seguros.

II. Nosotros hemos aprendido a ir a Jesús a través de María, y en este mes, siguiendo la costumbre de la Iglesia, lo hacemos cuidando con más empeño el rezo del Santo Rosario, “que es fuente de vida cristiana” (Juan Pablo II, Alocución). El Rosario es la oración preferida de Nuestra Señora (Pablo VI, Mense maio), plegaria que siempre llega a su Corazón de Madre. Se ha comparado a una escalera, que subimos escalón a escalón, acercándonos “al encuentro con la Señora, que quiere decir al encuentro con Cristo, porque se habla a María para llegar a Cristo” (Idem, Alocución). Ella nos mira y sentimos su protección maternal. “La piedad –lo mismo que el amor– no se cansa de repetir con frecuencia las mismas palabras, porque el fuego de la caridad que las inflama hace que siempre contengan algo nuevo” (Pío XI, Ingravescentibus malis).

III. El amor a la Virgen nos impulsa a imitarla y, por tanto, al cumplimiento fiel de nuestros deberes, a llevar la alegría allí donde vamos. Ella nos mueve a rechazar todo pecado, hasta el más leve, y nos anima a luchar con empeño contra nuestros defectos. Contemplar su docilidad a la acción del Espíritu Santo en su alma es un estímulo para cumplir la voluntad de Dios en todo tiempo, especialmente cuando más nos cuesta. El amor que nace en nuestro corazón al tratarla es el mejor remedio contra la tibieza y contra las tentaciones de orgullo y sensualidad. Cuando hacemos una romería a algún santuario dedicado a Nuestra Madre, hacemos una buena provisión de esperanza. Hagamos el propósito en este sábado mariano de ofrecerle con más amor esa corona de rosas, el Santo Rosario. Los gozos, los dolores y las glorias de la vida de la Virgen tejen una corona de alabanzas que repiten ininterrumpidamente los Ángeles y los Santos del Cielo…, y quienes aman a nuestra Madre aquí en la tierra.

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