Miércoles 9 de noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré»: El Templo de Jerusalén, que había sustituido al antiguo Santuario que los israelitas portaban en el desierto, era el lugar escogido por Dios durante el Antiguo Testamento para manifestar de una manera especial su presencia en medio del pueblo. Pero esa realidad antigua era sólo una figura o anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne. Jesús, en el cual «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9), es la plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por tanto, el verdadero Templo de Dios. Jesús identifica el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, y de este modo se refiere a una de las verdades más profundas sobre Sí mismo: la Encarnación. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos esa presencia real y especialísima de Dios en medio de los hombres se continúa en el sacramento de la Sagrada Eucaristía.

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