Viernes 11 de noviembre

Meditación

El sentido cristiano de la muerte

I. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Tesalónica: Porque vosotros sabéis muy bien que, como el ladrón en la noche, así vendrá el día del Señor (1 Ts 5,2). Es una llamada más a la vigilancia, a no vivir de espaldas a esa jornada definitiva –el día del Señor– en la que por fin veremos cara a cara a Dios. En algunos ambientes no es fácil hoy hablar de la muerte. Sin embargo, es el acontecimiento que ilumina la vida, y la Iglesia nos invita a meditarlo; precisamente para que no nos encuentre desprevenidos. El modo pagano de pensar y de vivir lleva a muchos a vivir de espaldas a esta realidad, en lugar de verla como lo que en realidad es, la llave de la felicidad plena; se la ve como el fin del bienestar que tanto cuesta amasar aquí abajo. Para el cristiano, la muerte es el final de una corta peregrinación y la llegada a la meta definitiva, para la que nos hemos preparado día a día (C. Pozo, Teología del más allá), poniendo el alma en las tareas cotidianas. Con ellas y a través de ellas, nos hemos de ganar el Cielo.

II. Antes del pecado original no había muerte, tal y como hoy la conocemos con ese sentido doloroso y difícil con que tantas veces la hemos visto, quizá de cerca. Pero Jesucristo destruyó la muerte e iluminó la vida (2 Ti 1, 10), y gracias a Él, adquiere un sentido nuevo; se convierte en el paso a una Vida nueva. En Cristo se convierte en “amiga” y “hermana”. La muerte de los pecadores es pésima (Sal 33, 22), afirma la Sagrada Escritura; en cambio, es preciosa, en la presencia de Dios, la muerte de los santos (Sal 115, 15) que serán premiados por su fidelidad a Cristo, y hasta en lo más pequeño –hasta un vaso de agua dado por Cristo recibirá su recompensa (Mt 10, 42). Sus buenas obras los acompañan.

III. La muerte nos da grandes lecciones para la vida. Nos enseña a vivir con lo necesario, a desprendernos de los bienes que usamos que habremos de dejar, a aprovechar bien cada día como si fuera el único; a decir muchas jaculatorias, a hacer muchos actos de amor al Señor y favores y pequeños servicios a los demás, a tratar a nuestro Ángel Custodio, a vencernos en el cumplimiento del deber, porque el Señor convertirá todos nuestros actos buenos en joyas preciosas para la eternidad (León X, Bula Exsurge Domine). Y después de haber dejado aquí frutos que perdurarán hasta la vida eterna, partiremos. Entonces podremos decir con el poeta: ‘–Dejó mi amor la orilla y en la corriente canta. –No volvió a la ribera que su amor era el agua’ (B. Llorens, Secreta fuente).

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