Jueves 8 de diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

Dios quiso nacer de una madre virgen. Así lo había anunciado siglos antes por medio del profeta Isaías. Dios, «desde toda la eternidad, la eligió y señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciese de Ella en la plenitud dichosa de los tiempos; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus). Este privilegio de ser virgen y madre al mismo tiempo, concedido a Nuestra Señora, es un don divino, admirable y singular. Dios «tanto engrandeció a la Madre en la concepción y en el nacimiento del Hijo, que le dio fecundidad y la conservó en perpetua virginidad» (San Pío V, Catecismo para los Párrocos, según el decreto del Concilio de Trento, I, 4,8). Pablo VI nos recordaba nuevamente esta verdad de fe: «Creemos que la bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Pablo VI, Solemnis professio fidei, n. 14).

Aunque se han propuesto muchos significados del nombre de María, los autores de mayor relevancia parecen estar de acuerdo en que María significa ‘Señora’. Sin embargo, la riqueza que contiene el nombre de María no se agota con un solo significado.

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