Domingo 25 de diciembre

Meditación

Meditación de Navidad

I. La Virgen sabía que ya estaba próximo el nacimiento de Jesús, y sin embargo emprendió con alegría el viaje a Belén para empadronarse como lo indicaba el edicto de César Augusto. Su pensamiento estaba puesto en el Hijo que le iba a nacer en el pueblo de David. Llegaron a Belén agotados. No hubo para ellos lugar en la posada, dice San Lucas (2, 7) con frase escueta. No dejaron entrar a Cristo. Le cerraron las puertas. María siente pena por José, y por aquellas gentes. ¡Qué frío es el mundo para con su Dios! En alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo a las afueras del pueblo, sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más absoluta sencillez: ‘Y sucedió que estando allí se le cumplió la hora del parto’ (Lc 2, 6). Jesús recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el Pesebre es una cátedra. Nace pobre, sin ostentación alguna, y nos anima a ser humildes. Hacemos un propósito de desprendimiento y de humildad.

II. Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarles a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales. Esa noche bendita los pastores son los primeros y únicos en conocer el nacimiento del Salvador. Dios quiso que estos pastores fueran los primeros mensajeros; ellos irán contando lo que han visto y oído (Lc 2, 18). Igualmente, a nosotros el Señor se nos revela en medio de la normalidad de nuestros días; y también son necesarias las mismas disposiciones de humildad y sencillez para llegar a Él. Hemos de estar dispuestos para descubrir a Jesús en la sencillez de lo ordinario. Los pastores se ponen en camino con regalos para Jesús: le llevarían lo que tenían a su alcance. Nosotros tampoco podemos ir a la gruta de Belén sin nuestro regalo. Lo que más agradecería la Virgen es un alma más entregada y más limpia, más alegre porque es consciente de su filiación divina, y mejor dispuesta a través de una Confesión más contrita.

III. Cantamos con júbilo en esta Navidad porque el amor está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Cuando hoy nos acerquemos a besar al Niño, agradezcamos a Dios su deseo de abajarse hasta nosotros para hacerse entender y querer, y decidámonos a hacernos también niños, para poder así entrar un día en el reino de los cielos. Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, San José nuestro Padre y Señor, interceded por nosotros.

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