Viernes 3 de marzo

Reflexión sobre el Evangelio

«Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos (…)»: El versículo viene a aclarar el sentido de los precedentes. Los escribas y fariseos habían llegado a deformar el espíritu de la Ley, quedándose más bien en la observancia externa y ritual de la misma. Entre ellos, el cumplimiento exacto y minucioso, pero externo, de los preceptos se había convertido en una garantía de salvación del hombre ante Dios: «Si yo cumplo esto soy justo, soy santo y Dios me tiene que salvar». Con ese modo de concebir la justificación ya no es Dios en el fondo quien salva, sino el hombre quien se salva por las obras externas. La falsedad de tal concepción queda patente con la afirmación de Cristo, que podría expresarse en estos términos: para entrar en el Reino de los Cielos es necesario superar radicalmente la concepción de la justicia o santidad a la que habían llegado los escribas y fariseos. En otras palabras, la justificación o santificación es una gracia de Dios, a la que el hombre sólo puede colaborar secundariamente por su fidelidad a esa gracia.

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