Miércoles 29 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

El Espíritu Santo es el que lleva a la plena comprensión de la verdad revelada por Cristo. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, el Señor «habiendo enviado por último al Espíritu de verdad, completa la revelación, la culmina y la confirma con testimonio divino» (Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum, n. 4).

Meditación

Los frutos en el apostolado

I. En Atenas, en el Areópago, San Pablo predica la esencia de la fe cristiana teniendo en cuenta la mentalidad y la ignorancia de los oyentes, pero sin omitir verdades fundamentales, y no adapta la doctrina, deformándola, para hacerla más ‘comprensible’. Este pasaje nos recuerda que el cristiano ha de enseñar la doctrina de Cristo, la única que salva, y no la más popular, la que podría tener ‘éxito’ en sentido humano, la que podría estar en concordancia con la moda del momento o con los gustos de los tiempos o de los pueblos. Los Apóstoles predicaron la integridad de la doctrina y así lo ha hecho la Iglesia a través de los siglos. Quien anuncia a Cristo tendrá que acostumbrarse a ser impopular en ocasiones, a ir contra corriente, sin ocultar los aspectos de la doctrina de Cristo que resultan más exigentes.

II. Nos pide el Señor que sembremos sin descanso y que experimentemos la alegría del labrador, seguro de que ya brotará algún día la semilla que arrojó en el surco, aunque en ocasiones no seamos nosotros los que veremos las espigas granadas. El Señor, de forma insospechada, hace fructificar nuestra oración y nuestros esfuerzos: ‘Mis elegidos no trabajarán en vano’ (Is 65, 23). La constancia y la paciencia –ambas manifestaciones de la virtud de la fortaleza– son virtudes esenciales para el apóstol. El impaciente contrasta abiertamente con la figura paciente de Cristo que sabe esperar antes de la conversión del pecador.

III. El Evangelio nos muestra cómo las mujeres siguen y sirven al Señor, cómo están al pie de la Cruz y son las primeras junto al sepulcro vacío. No encontramos en ellas el menor signo de hipocresía en el trato con el Señor, ni injurias ni deserciones. ‘La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico que le es propio: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad…’ (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 87). La Iglesia espera de la mujer un compromiso y un testimonio a favor de todo aquello que constituye la verdadera dignidad de la persona humana y su felicidad más profunda. A la Virgen le pedimos por los frutos de esa labor de la mujer en la familia, en la sociedad y en la Iglesia.