Sábado 10 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

«El que quiera servirme, que me siga»: El Señor ha hablado de su sacrificio como condición para entrar en la gloria. Y lo que vale para el Maestro, también se aplica a sus discípulos. Jesucristo quiere que cada uno de nosotros le sirva. Es un misterio de los designios divinos que Él –que es todo, que tiene todo y no necesita de nada ni de nadie– quiera necesitar nuestro servicio para que su doctrina y la salvación operada por Él lleguen a todos los hombres.

Meditación

El poder de la fe

I. Cuando nuestra fe es profunda participamos de la Omnipotencia de Dios, hasta el punto de que Jesús dice: ‘el que cree en Mí, también hará las obras que Yo hago’ (Jn 14, 12-14). También dice a los Apóstoles en el Evangelio de la Misa que podrían ‘trasladar montañas’ de un lugar a otro: la palabra del Señor se cumple todos los días en la Iglesia de un modo superior. Algunos Padres de la Iglesia señalan que se lleva a cabo el hecho de ‘trasladar una montaña’ siempre que alguien, con la ayuda de la gracia, llega donde las fuerzas humanas no alcanzan, como sucede en la obra de nuestra santificación personal, que el Espíritu Santo va realizando, y en el apostolado.

II. Los Apóstoles no pudieron librar a un endemoniado por la falta de fe necesaria (San Marcos) ‘Señor, ¿porqué no hemos podido curar al muchacho?’ Y contesta el Señor: ‘Esta especie de demonios no puede expulsarse sino por la oración y el ayuno’. Nuestra fe también debe expresarse en oración y mortificación. La dureza interior del corazón de algunos de los que nos rodean, necesita, según los casos, de mayores medios sobrenaturales. No dejemos a las almas sin remover por falta de oración y ayuno. La palabra imposible no existe en el alma que vive de fe verdadera: si surgen dificultades, más abundante llega también la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. III. Las dificultades proceden o se agrandan con frecuencia por la falta de fe. La vida de fe produce un sano ‘complejo de superioridad’, que nace de una profunda humildad personal; y es que ‘la fe no es propia de los soberbios sino de los humildes’, recuerda San Agustín (Catena Aurea): responde a la convicción honda de saber que la eficacia viene de Dios y no de uno mismo. Esa fe capaz de trasladar montes se alimenta en el trato íntimo con Jesús en la oración y en los sacramentos. Nuestra Madre Santísima nos enseñará a llenarnos de fe, de amor y de audacia ante el quehacer que Dios nos ha señalado en medio del mundo, pues Ella es ‘el buen instrumento que se identifica por completo con la misión recibida. Una vez conocidos los planes de Dios, Santa María los hace cosa propia; no son algo ajeno para Ella. En el cabal cumplimiento de tales proyectos compromete por entero su entendimiento, su voluntad y sus energías’ (J.M. Perosanz, La hora sexta). Pidamos a Nuestra Madre que nos ayude, como Ella, a vivir de fe.

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