Sábado 23 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor, citando la Sagrada Escritura (Ex 3,2.6), pone de manifiesto el grave error de los saduceos, y argumenta: Dios no es Dios de muertos sino de vivos, es decir, existe una relación permanente entre Dios y Abrahán, Isaac y Jacob, que hacía tiempo que habían muerto. Por tanto, aunque estos justos hayan muerto en cuanto al cuerpo, viven con verdadera vida en Dios –sus almas son inmortales– y esperan la resurrección de los cuerpos.

Meditación

Amar la castidad

I. Mediante la virtud de la castidad, o pureza, la facultad generativa es gobernada por la razón y dirigida a la procreación y unión de los cónyuges en el matrimonio. La virtud de la castidad lleva también a vivir una limpieza de mente y de corazón: a evitar aquellos pensamientos, afectos y deseos que apartan del amor de Dios, según la propia vocación. Sin la castidad es imposible el amor humano y el amor a Dios. Si la persona no se empeña por mantener esta limpieza de cuerpo y de alma, se abandona a la tiranía de los sentidos y se rebaja a un nivel infrahumano, como si el “espíritu se fuera reduciendo, empequeñeciendo hasta quedar en un puntito… Y el cuerpo se agranda, se agiganta hasta dominar “y, el hombre se hace incapaz de entender la amistad con el Señor. En cambio, la pureza dispone el alma para el amor divino, para el apostolado.

II. La castidad no consiste sólo en la renuncia al pecado. No es algo negativo: “no mirar”, “no hacer”, “no desear”… Es entrega del corazón a Dios, delicadeza y ternura con el Señor, “afirmación gozosa”. Virtud para todos, que se ha de vivir según el propio estado. En el matrimonio, la castidad enseña a los casados a respetarse mutuamente y a quererse con un amor más firme, más delicado y más duradero. La castidad no es la primera ni la más importante virtud, ni la vida cristiana se puede reducir a la pureza, pero sin ella no hay caridad, y ésta sí es la primera de las virtudes y la que da su plenitud a todas las demás. Quienes han recibido la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el cumplimiento abnegado y fiel de los deberes conyugales, que para ellos se hace camino cierto de unión con Dios. Quienes han recibido la vocación al celibato apostólico, encuentran en la entrega total al Señor y a los demás por Dios, ‘indiviso corde’, sin la mediación del amor conyugal, la gracia para vivir felices y alcanzar una íntima y profunda amistad con Dios.

III. La castidad vivida en el propio estado, en la especial vocación recibida por Dios, es una de las mayores riquezas en el mundo; nace del amor y al amor se ordena. Es un signo de Dios en la tierra. Quizá en el momento actual a muchos les puede resultar incomprensible la castidad. También los primeros cristianos tuvieron que enfrentarse a un ambiente hostil a esta virtud. Por eso, parte importante del apostolado que hemos de llevar a cabo es el de valorar la castidad y el cortejo de virtudes que la acompañan: hacerla atractiva con un comportamiento ejemplar, y dar la doctrina de siempre de la iglesia sobre esta materia que abre las puertas a la amistad de Dios. Es posible vivirla si se ponen los medios que la Iglesia ha recomendado durante siglos: el recogimiento de los sentidos, el pudor, la templanza, la oración, los sacramentos, y un gran amor a la Virgen. A Ella, Madre del amor hermoso, acudimos al terminar nuestra oración.

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