Jueves 26 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

Jesucristo da aquí una serie de instrucciones y advertencias, que tendrán aplicación constante a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Difícilmente el espíritu del mundo comprenderá los caminos de Dios. Cuando no sean las persecuciones, será la indiferencia e incomprensión del ambiente. Pero seguir a Cristo de cerca será siempre costoso: no puede extrañar que sea así, puesto que Jesús mismo fue señal de contradicción; es más, si en la vida del cristiano no apareciera ésta, habría que preguntarse si no es que el cristiano se ha mundanizado. El discípulo de Cristo no puede transigir con ciertas manifestaciones mundanas, por mucho que se pongan de moda. Por ello, la vida cristiana llevará consigo, necesariamente, una inconformidad ante todo lo que atente contra la fe y la moral. No puede extrañar que la vida del cristiano se mueva, no pocas veces, entre el heroísmo o la traición. Ante estas dificultades no se debe tener miedo: no estamos solos, contamos con la ayuda poderosa de nuestro Padre Dios, que nos hará ser valientes y audaces.

Meditación

San Esteban, protomártir

I. Apenas hemos celebrado el Nacimiento del Señor y ya la liturgia nos propone la fiesta de San Esteban, el primero que dio su vida por ese Niño que acaba de nacer. La Iglesia quiere recordar que la Cruz está siempre muy cerca de Jesús y de los suyos. En la lucha por la santidad el cristiano se encuentra con situaciones difíciles y acometidas de los enemigos del mundo: ‘Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí…’ (Jn 15, 18-20). La sangre de Esteban (Hch 7, 54-60), derramada por Cristo, fue la primera, y ya no ha cesado hasta nuestros días. Cuando Pablo llegó a Roma, los Cristianos ya eran conocidos por el signo inconfundible de la Cruz y de la contradicción. Nada nos debe extrañar si alguna vez en nuestro andar hacia la santidad hemos de sufrir alguna tribulación, por ser fieles a nuestro camino en un mundo con perfiles paganos. El Señor siempre nos ayudará con Su gracia: ‘En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo’ (Jn 16, 33)

II. No siempre la persecución ha sido de la misma forma. Durante los primeros siglos se pretendió destruir la fe de los cristianos con la violencia física. En otras ocasiones, sin que ésta desapareciera, los cristianos se han visto –se ven– oprimidos en sus derechos más elementales: sufren campañas dirigidas para minar su fe, dificultades para educar cristianamente a sus hijos, o se les priva de las justas oportunidades profesionales. Otras veces es la persecución solapada: ironía por ridiculizar los valores cristianos, presión ambiental que amedrenta a los más débiles, calumnia y maledicencia. Más doloroso es cuando la persecución viene de los propios hermanos en la fe que, movidos por envidias, celotipias y faltas de rectitud de intención, piensan que hacen un servicio a Dios (Jn 16. 2). Todas las contradicciones hay que sobrellevarlas junto al Señor en el Sagrario; allí adquiriremos fecundidad en el apostolado, y saldremos de esas pruebas con el alma más humilde y purificada.

III. El cristiano que padece persecución por seguir a Jesús sacará de esta experiencia una gran capacidad de comprensión y el propósito firme de no herir, de no agraviar, de no maltratar. El Señor nos pide, además, que oremos por quienes nos persiguen: debemos enseñar la doctrina del Evangelio sin faltar a la caridad de Jesucristo. En momentos de contrariedades es de gran ayuda fomentar la esperanza del Cielo. Nuestra Madre está cerca de nosotros especialmente en los momentos difíciles.

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