Lunes 13 de Enero

Reflexión sobre el evangelio

«Vio a Simón y a su hermano, Andrés»: El Evangelista narra en estos versículos la llamada de Jesús a algunos de los que formarían parte del Colegio Apostólico. El Mesías, desde el comienzo de su ministerio público en Galilea, busca colaboradores para llevar a cabo su misión de Salvador y Redentor. Y los busca habituados al trabajo, acostumbrados al esfuerzo y lucha constantes, sencillos de costumbres. La desproporción humana es patente, pero ello no constituye un obstáculo para que la entrega sea generosa y libre. La luz encendida en sus corazones fue suficiente para abandonarlo todo. La simple invitación al seguimiento bastó para ponerse incondicionalmente a disposición del Maestro.

Meditación

Servir

I. La vida cristiana es imitación de la de Cristo, pues Él se encarnó y os dio ejemplo para que sigáis sus pasos (1 P 2, 21). San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a imitar al Señor con estas palabras: Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2, 5). Él es la causa ejemplar de toda santidad, es decir, del amor a Dios Padre. Nuestra santidad consiste en permitir que nuestro ser más profundo se vaya configurando con el de Cristo, en procurar que nuestros sentimientos ante los hombres, ante las realidades creadas, ante la tribulación, se parezcan más a los que Jesús tuvo, de manera que nuestra vida sea en cierto sentido, prolongación de la Suya. La misma gracia divina, en la medida en que correspondemos a la acción continua del Espíritu Santo, nos hace semejantes a Dios. Nuestra santidad consistirá, pues, en ser por la gracia lo que es Cristo por naturaleza: hijos de Dios.

II. En diversas ocasiones el Señor proclamará que no vino a ser servido sino a servir (Mt 20, 8). Toda su vida fue un servicio a todos, y su doctrina es una constante llamada a los hombres para que se olviden de sí mismos y se den a los demás. Se quedó para siempre en su Iglesia, y de modo particular en la Sagrada Eucaristía, para servirnos a diario con su compañía, con su humildad, con su gracia. Los cristianos que queremos imitar al Señor, hemos de disponernos para un servicio alegre a Dios y a los demás, sin esperar nada a cambio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. “¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!” (S. Josemaría Escrivá, Forja). De ella obtenemos las fuerzas y la humildad que todo servicio requiere.

III. Nuestro servicio a Dios y a los demás ha de estar lleno de humildad, aunque alguna vez tengamos el honor de llevar a Cristo a otros, como el borrico sobre el que entró triunfante en Jerusalén (Lucas 19, 35). Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. ¡Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida! Servid al Señor con alegría: encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en la vida de familia. Comprenderemos que “servir es reinar” (Juan Pablo II, Redentor hominis). Aprendamos de Nuestra Señora a “vivir apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios” (S. Josemaría Escrivá, Surco).

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