Martes 14 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

Los Evangelio presentan varios relatos de curaciones milagrosas. Entre ellas destacan las de algunos endemoniados. La victoria sobre el espíritu inmundo, nombre que se daba corrientemente al demonio, es una clara señal de que ha llegado la salvación divina: Jesús, venciendo al Maligno, se revela como el Mesías, el Salvador, con un poder superior al de los demonios: «Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera» (Jn 12,31). A lo largo del Evangelio se hace patente la lucha continua y victoriosa del Señor contra el demonio.

Meditación

Hijos de Dios

I. A lo largo del Nuevo Testamento, la filiación divina ocupa un lugar central en la predicación de la buena nueva cristiana, como realidad bien expresiva del amor de Dios por los hombres: Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios y que lo seamos (1 Jn 3, 1). El mismo Cristo nos mostró esta verdad enseñándonos a dirigirnos a Dios como al Padre, y nos señaló la santidad como imitación filial. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Estas palabras del Salmo II, que se refieren principalmente a Cristo, se dirigen también a cada uno de nosotros y definen nuestro día y la vida entera, si estamos decididos –con debilidades, con flaquezas– a seguir a Jesús, a procurar imitarle, a identificarnos con Él, en nuestras particulares circunstancias.

II. Cuando vivimos como buenos hijos de Dios, consideramos los acontecimientos –aun los pequeños sucesos de cada día– a la luz de la fe, y nos habituamos a pensar y actuar según el querer de Cristo. En primer lugar, trataremos de ver hermanos en las personas que nos rodean, los trataremos con aprecio y respeto y nos interesaremos en su santificación. Si consideramos con frecuencia esta verdad –soy hijo de Dios–, nuestro día se llenará de paz, de serenidad y de alegría. Nos apoyaremos en nuestro Padre Dios en las dificultades, si alguna vez se hace todo cuesta arriba (J. Lucas, Nosotros, hijos de Dios). Volveremos con más facilidad a la Casa paterna, como el hijo pródigo, cuando nos hayamos alejado con nuestras faltas y pecados. Nuestra oración será de veras la conversación de un hijo con su padre, que sabe que le entiende y que le escucha.III. El hijo es también heredero, tiene como un cierto “derecho” a los bienes del padre; somos herederos de Dios, coherederos con Cristo (Rm 8, 17). El anticipo de la herencia prometida lo recibimos ya en esta vida: es el ‘gaudium cum pace’, la alegría profunda de sabernos hijos de Dios, que no se apoya en los propios méritos, ni en la salud ni en el éxito, ni en la ausencia de dificultades, sino que nace de la unión con Dios, en saber que Él nos quiere, nos acoge y perdona siempre… y nos tiene preparado un Cielo junto a Él. Perdemos esta alegría cuando nos olvidamos de nuestra filiación divina, y no vemos la Voluntad de Dios, sabia y amorosa siempre en nuestra vida. Además, el alma alegre es un apóstol porque atrae a los hombres hacia Dios. Pidamos a la Virgen la profunda alegría de sabernos hijos de Dios.

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