Viernes 31 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

El sentido principal de esta parábola viene dado por el contraste entre lo pequeño y lo grande. La semilla del Reino de Dios en la tierra es algo muy pequeño al principio; luego será un árbol grande. Así vemos cómo el reducido grupo inicial de los discípulos crece en los comienzos de la Iglesia, se extiende a lo largo de los siglos y llegará a ser una muchedumbre inmensa «que nadie podrá contar» (Ap 7,9).

Meditación

La fidelidad a la gracia

I. La semilla, una vez sembrada, crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce. Así es la semilla de la gracia que cae en las almas; si no se le ponen obstáculos, si se le permite crecer, da su fruto sin falta, no dependiendo de quien siembra o de quien riega, sino de Dios que da el incremento (1 Co 3, 5-9). Así es el apostolado: “la doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). El Señor nos ofrece constantemente su gracia para ayudarnos a ser fieles, cumpliendo el pequeño deber de cada momento, en que se nos manifiesta su voluntad y en el que está nuestra santificación. De nuestra parte está aceptar Su ayuda y cooperar con generosidad y docilidad.

II. La docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo es necesaria para conservar la vida de la gracia y para tener frutos sobrenaturales. “Las oportunidades de Dios no esperan: llegan y pasan. La palabra de vida no aguarda; si no nos la apropiamos, se la llevará el demonio” (Cardenal J.H. Newman, Sermón para el Domingo de Sexagésima: Llamadas de la gracia). La resistencia a la gracia produce sobre el alma el mismo efecto que “el granizo sobre un árbol en flor que prometía abundantes frutos: las flores quedan agostadas y el fruto no llega a sazón” (R. Garriguo Lagrange, La tres edades de la vida interior). Una gracia lleva consigo otra: –al que tiene se le dará–, y el alma se fortalece en el bien en la medida en que lo practica, cuanto más trecho se recorre. Cada día es un regalo que nos hace el Señor para que lo llenemos de amor en una correspondencia alegre, contando con las dificultades y obstáculos y con el impulso divino para superarlos y convertirlos en motivo de santidad y apostolado. Todo es bien distinto cuando lo realizamos por amor y para el Amor. III. La vida interior necesita tiempo, crece y madura como el trigo en el campo. “Hay que tener paciencia con todo el mundo –señala San Francisco de Sales–, pero en primer lugar con uno mismo” (Cartas). Nada es irremediable para quien espera en el Señor; nada está totalmente perdido; siempre hay posibilidad de perdón: humildad, sinceridad y arrepentimiento… y volver a empezar, correspondiendo al Señor, que está empeñado en que superemos los obstáculos. Pidamos a Nuestra Madre la paciencia necesaria para nosotros y para los demás, y continuidad humilde en nuestra lucha.

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