Viernes 14 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Con alguna frecuencia aparece en la Sagrada Escritura la imposición de las manos como gesto para transmitir poderes o bendiciones. De todos es conocido que la saliva tiene cierta eficacia para aliviar heridas leves. Los dedos simbolizaban en el lenguaje de la Revelación una acción divina poderosa. Jesús, pues, emplea signos que tienen una cierta connaturalidad en relación al efecto que se intenta producir, aunque, como vemos por el texto, el efecto –la curación inmediata del sordomudo– excede completamente al signo empleado.

Meditación

Santos Cirilo y Metodio

I. Cirilo y Metodio dedicaron su vida a la conversión del pueblo eslavo, y desarrollaron este servicio misionero «en unión tanto con la Iglesia de Constantinopla, por la que habían sido enviados, como con la sede de Roma, por la cual fueron confirmados. De este modo, manifestaban la unidad de la Iglesia» (Juan Pablo II, Const. Apost. Egregiae virtutis, 31-XII-1980). El Papa ha recordado frecuentemente los fundamentos cristianos del ser de Europa, de tal manera que «la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo». Ante el continuo deterioro de la fe, el Papa dirige esos apremiantes llamamientos, a todos y a cada uno, para una nueva evangelización de Europa. «La Iglesia de hoy –decía a los jóvenes peregrinos en Santiago de Compostela– se prepara a una nueva cristianización, que se presenta a sus ojos como un desafío, al cual deberá responder adecuadamente como en tiempos pasados» (Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 19-VIII-1989). Son palabras dirigidas a nosotros. En algunos casos se trata de llevar a cabo una nueva implantación del Cristianismo, como la que realizaron los Santos Cirilo y Metodio. Ésta es una tarea que nos toca a todos, comenzando por recristianizar el ambiente que nos rodea y sus costumbres; en primer lugar, los más cercanos: hablemos de Dios, con claridad y sin respetos humanos, como lo único que puede dar sentido al hombre y a la sociedad; enseñemos que cualquier iniciativa humana que no tenga presente al Creador está condenada al fracaso; ayudemos en la tarea de la Iglesia de enseñar el Catecismo; invitemos, con audacia, a nuestros amigos a medios de formación cristiana…

II. El Cristianismo le dio su ser a Europa y configuró su unidad. Su conversión no fue empresa breve, sino que se prolongó durante más de un milenio. Aún hoy el alma de Europa permanece unida en puntos muy esenciales, pues, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, al menos en el substrato de muchas de sus leyes y costumbres. Mantiene valores que debe al Cristianismo, como la dignidad de la persona humana, el sentimiento de justicia y de libertad, la laboriosidad, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto a la vida, la tolerancia y el deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan (Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982). A la vez, nos encontramos con una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres. No son pocos los pueblos que han admitido en sus legislaciones leyes que ni siquiera son humanas, como es la ley del aborto, que hace retroceder la civilización a épocas de barbarie y degradación. Pero a un nuevo paganismo en las ideas y en las costumbres se responde con una nueva evangelización. Ha sido siempre propio del cristiano ahogar el mal en abundancia de bien. Y eso es lo que nos pide el Señor que llevemos a cabo con esas personas –pocas o muchas, jóvenes o mayores– que están a nuestro alcance. Dios se quiere valer ahora de nosotros para volver a Cristo a la sociedad, desde sus mismos cimientos, como hicieron los primeros cristianos y continuaron después tantas generaciones. Sin abandonar el lugar profesional y familiar, ¡cuánto bien podemos hacer! Para eso es necesario que llevemos una vida de fe viva, que cuidemos con esmero cada día el tiempo que dedicamos a la oración, «tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa, Vida, 8, 2), que centremos nuestra actividad en la Santa Misa, que sepamos acudir al sacramento de la Penitencia, donde se purifica el alma, se rejuvenece y se llena de alegría. III. Cuando Pablo y sus colaboradores inmediatos atravesaban Frigia y la región de Galacia, el Espíritu Santo les hacía caminar hacia adelante sin detenerse. Por fin, en Tróade, Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: Ven a Macedonia y ayúdanos (Hech 16, 9). Era una llamada apremiante, gracias a la cual se inició la evangelización de Europa. Esa misma llamada hemos de sentir nosotros de gentes que nos rodean y que, en ocasiones, han olvidado o tienen confundidos los fundamentos de la fe. También nos dicen: «Ven y ayúdanos». Aprovecharemos todas las circunstancias que cada día nos salen al paso para atender este llamamiento: el nacimiento o la muerte de un pariente o conocido, la enfermedad, los festejos familiares, las pequeñas alegrías que podemos ayudar a sobrenaturalizar, el ofrecer un tiempo para dar catequesis…; siempre tendremos ocasión de aconsejar un buen libro que acerque a Dios, o de dar un consejo a quien está pasando un mal momento…; insinuaremos la posibilidad de bendecir una casa que se comienza a habitar; enseñaremos a pedir ayuda al Angel Custodio en las pequeñas o grandes necesidades que se presentan; daremos ejemplo a la hora de bendecir la mesa y de dar gracias por los alimentos recibidos; sugeriremos el colocar una imagen de la Virgen en la casa, que indica que allí hay alguien que cree y ama a la Madre de Dios… Pidamos al Señor, con la Oración Colecta de la Misa, que nos conceda, por intercesión de los santos hermanos Cirilo y Metodio, la gracia de aceptar tu Palabra y de llegar a formar un pueblo unido en la confesión y defensa de la verdadera fe. A Santa María, Madre de la Iglesia y Reina del Mundo, le pedimos «una Iglesia rejuvenecida, firme en la unidad, renovada en el afán de santidad y en el afán apostólico de todos sus miembros» (Álvaro Del Portillo), para que Jesús reine en todos los corazones y en todas las actividades de los hombres.

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