Sábado 15 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús repite el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces: la primera vez (Mc 6,33-44) actuó al ver una gran muchedumbre que iba como «ovejas sin pastor»; ahora, cuando la multitud le ha seguido durante tres días y no tiene qué comer. Este milagro es una muestra de cómo premia Cristo la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús, olvidándose de todo lo demás. También nosotros hemos de estar pendientes de Él y cumplir lo que nos manda, desechando toda preocupación vana por el futuro, lo cual equivaldría a desconfiar de la Providencia Divina.

Meditación

Madre de misericordia

I. El Evangelio nos muestra con frecuencia la compasión misericordiosa de Jesús hacia los hombres. Nosotros debemos recurrir frecuentemente a la misericordia divina, porque en su compasión por nosotros está nuestra salvación y seguridad, y también debemos ser misericordiosos con los demás: éste es el camino para atraer con más prontitud el favor de Dios. Enseña San Agustín que la misericordia nace del corazón y se apiada de la miseria ajena, corporal o espiritual, de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia, llevando a poner los remedios oportunos para intentar sanarla (Pablo VI, Alocución). En Jesucristo, Dios hecho hombre, encontramos plenamente la expresión de esta misericordia divina. María participa en grado eminente de esta perfección divina, y en Ella la misericordia se une a la piedad de madre. Ella es nuestro consuelo y nuestra seguridad. Ni un solo día ha dejado de ayudarnos, de protegernos, de interceder por nuestras necesidades.

II. El título de Madre de Misericordia se ha expresado en las advocaciones de Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos. La Virgen nos obtiene la curación del cuerpo, sobre todo si está ordenada el alma, o la gracia de entender que el dolor es instrumento de Dios. Nadie después de Jesús ha detestado más el pecado que Santa María, pero lejos de rechazar a los pecadores, los acoge, los mueve al arrepentimiento. A Ella también acudimos para decirle que somos pecadores, pero que queremos amar cada vez más a su Hijo Jesucristo, que tenga compasión de nuestras flaquezas y que nos ayude a superarlas. III. Nuestra Madre fue durante toda su vida, consuelo de aquellos que andaban afligidos por un peso demasiado grande para llevarlo solos: dio ánimos a José, quien a pesar de ser un hombre lleno de fortaleza, se le hizo más fácil el cumplimiento de la voluntad de Dios con el consuelo de María. Después consoló a los Apóstoles cuando todo se les volvió negro y sin sentido después que Cristo murió en la cruz. Y desde entonces nunca ha dejado de ser consuelo de todos sus hijos cuando están afligidos. La Virgen es también auxilio de los cristianos, porque se favorece principalmente a quienes se ama. Y nadie amó más a quienes formamos parte de la familia de su Hijo. En Ella encontramos todas las gracias para vencer en las tentaciones, en el apostolado, en el trabajo. Acudamos a nuestra Madre, Ella está siempre dispuesta a auxiliarnos.

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