Martes 31 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

La salvación que Cristo trae será aplicada a cuantos creen en su divinidad. La divinidad viene declarada al decir Jesús «yo soy», porque esta expresión, repetida en otras ocasiones (cfr Jn 8,28; 13,19), estaba reservada a Yahwéh en el Antiguo Testamento (cfr Dt 32,39; Is 43,10-11), donde Dios, al revelar su Nombre, y con él su esencia, dice a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). Con esta expresión tan profunda Dios dice de Sí mismo que es el Ser supremo en sentido absoluto y pleno, que no depende de ningún otro ser, y del cual todos dependen en su ser y en su existir. Así, pues, al decir Jesús de Sí mismo «yo soy» revela que es Dios.

Meditación

Mirar a Cristo. Vida de piedad

I. La gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos enemigos que siempre han atacado a los hombres: egoísmo, sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias, etc. En todas las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados personales. Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo elevado sobre la tierra en la Cruz. Mirar a Jesús: no podemos apartar la vista del Señor, nuestro Amor. Debemos buscar la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la presencia de Dios a lo largo de la jornada y en la visita al Santísimo Sacramento.

II. El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en las entrañas de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús espera que no nos olvidemos de Él mientras trabajamos. Jesucristo es lo más importante de nuestro día, de nuestra vida, por eso cada uno de nosotros debe ser alma de oración siempre y mantener Su presencia a lo largo de la jornada. Para lograrlo echaremos mano de esas «’industrias humanas’: jaculatorias, actos de amor y desagravio, comuniones espirituales, ‘miradas’ a la imagen de Nuestra Señora» (S. Josemaría Escrivá, Camino): cosas sencillas, pero de gran eficacia. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor, nuestro día se llenará de pequeños recordatorios que nos llevarán a tenerle presente. Poco a poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño. III. Muchas veces vemos al Señor que se dirigía a su Padre Dios con una oración corta, amorosa, como una jaculatoria. Nosotros también podemos decirlas desde el fondo de nuestra alma, al responder a necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando. Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: ¡Para siempre, siempre, siempre! Al terminar nuestra oración le decimos, como los discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor, porque se hace de noche» (Lc 24, 29). Todo es oscuridad cuando Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, y le decimos amorosamente: Dios te salve, María… bendita tú entre todas las mujeres.

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