Sábado 11 de Abril

Sábado Santo – Vigilia Pascual

Liturgia de la Palabra

En esta vigilia, madre de todas las vigilias, se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (la Epístola y el Evangelio).

Por causas pastorales puede reducirse el número de lecturas del Antiguo Testamento. Pero siempre téngase en cuenta que la lectura de la Palabra es uno de los elementos fundamentales de esta Vigilia Pascual.

Se leen, por lo menos, tres lecturas del Antiguo Testamento, que en casos muy especiales pueden reducirse a dos. Nunca puede omitirse el relato del capítulo 14 del Éxodo (lectura tercera).

Terminando el pregón, todos apagan sus velas y se sientan.

Primera Lectura

Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno
Lectura del libro del Génesis 1,1-31;2, 1-2

En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos; y las tinieblas cubrían la faz del abismo. El espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.

Dijo Dios: «Que exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas. Llamó a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Fue la tarde y la mañana del primer día.

Dijo Dios: «Que haya una bóveda entre las aguas, que separe unas aguas de otras». E hizo Dios una bóveda y separó con ellas las aguas de arriba, de las aguas de abajo. Y así fue. Llamó Dios a la bóveda «cielo». Fue la tarde y la mañana del segundo día.

Dijo Dios: «Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo lugar y que aparezca el suelo seco». Y así fue. Llamó Dios «tierra» al suelo seco y «mar» a la masa de las aguas. Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Verdee la tierra con plantas que den semilla y árboles que den fruto y semilla, según su especie, sobre la tierra». Y así fue. Brotó de la tierra hierba verde que producía semilla, según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla, según su especie. Y vio Dios que era bueno. Fue la tarde y la mañana del tercer día.

Dijo Dios: «Que haya lumbreras en la bóveda del cielo, que separen el día de la noche, señalen las estaciones, los días y los años, y luzcan en la bóveda del cielo para iluminar la tierra». Y así fue. Hizo Dios las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para regir el día y la menor, para regir la noche; y también hizo las estrellas. Dios puso las lumbreras en la bóveda del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Fue la tarde y la mañana del cuarto día. Dijo Dios: «Agítense las aguas con un hervidero de seres vivientes y revoloteen sobre la tierra las aves, bajo la bóveda del cielo». Creó Dios los grandes animales marinos y los vivientes que en el agua se deslizan y la pueblan, según su especie. Creo también el mundo de las aves, según sus especies. Vio Dios que era bueno y los bendijo, diciendo: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra». Fue la tarde y la mañana del quinto día.

Dijo Dios: «Produzca la tierra vivientes, según sus especies». Y así fue. Hizo Dios las fieras, los animales domésticos y los reptiles, cada uno según su especie. Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine a los peces del mar, a las aves del cielo, a los animales domésticos y a todo animal que se arrastra sobre la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen: a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos ser viviente que se mueve sobre la tierra». Y dijo Dios: «He aquí que les entrego todas las plantas de semilla que hay sobre la faz de la tierra, y todos los árboles que producen frutos y semilla, para que les sirvan de alimento. Y a todas las fieras de la tierra, a todos las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todos los seres que respiran, también les doy por alimento las verdes plantas». Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno. Fue la tarde y la mañana del sexto día.

Así quedaron concluidos el cielo y la tierra con todos sus ornamentos, y terminada su obra, descansó Dios el séptimo día de todo cuanto había hecho.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del salmo 103
Bendice al Señor, alma mía.

Bendice al Señor, alma mía; Señor y Dios mío, inmensa es tu grandeza. Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.
Bendice al Señor, alma mía.

Sobre bases inconmovibles asentaste la tierra para siempre. Con un vestido de mares la cubriste y las aguas en las montañas concentraste.
Bendice al Señor, alma mía.

En los valles haces brotar las fuentes, que van corriendo entre montañas; junto a ellas vienen a vivir las aves, y entre las ramas cantan.
Bendice al Señor, alma mía.

Desde tu cielo riegas los montes y sacias la tierra del fruto de tus manos; haces brotar hierba para los ganados y pasto para los que sirven al hombre.
Bendice al Señor, alma mía.

¡Qué numerosas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con maestría!; la tierra está llena de tus criaturas. Bendice al Señor, alma mía.
Bendice al Señor, alma mía.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, admirable siempre en tus obras; que tus redimidos comprendan cómo la creación del mundo en el comienzo de los siglos no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo en la plenitud de los tiempos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Segunda Lectura

El sacrificio de nuestro patriarca Abraham
Lectura del libro del Génesis 22,1-2.9a.-13.15-18

En aquel tiempo, Dios le puso una prueba a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!» Él respondió: «Aquí estoy». Y Dios le dijo: «Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; vete a la región de Moria y ofrécemelo en sacrificio, en el monte que yo te indicaré». Abraham madrugó, aparejó su burro, tomó consigo a dos de sus criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que Dios le había indicado. Al tercer día divisó a lo lejos el lugar. Les dijo entonces a sus criados: «Quédense aquí con el burro; yo iré con el muchacho hasta allá, para adorar a Dios y después regresaremos».

Abraham tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac y tomó en su mano el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a su padre Abraham: «¡Padre!» Él respondió: «¿Qué quieres, hijo?» El muchacho contestó: «Ya tenemos fuego y leña, ¿pero dónde está el cordero para el sacrificio?» Abraham le contestó: «Dios nos dará el cordero para el sacrificio, hijo mío».

Y siguieron caminando juntos. Cuando llegaron al sitio que Dios le había señalado, Abraham levantó un altar y acomodó la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el altar, encima de la leña, y tomó el cuchillo para degollarlo. Pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y le dijo: «¡Abraham, Abraham!» Él contestó: «Aquí estoy». El ángel le dijo: «No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único». Abraham levantó los ojos y vio un carnero, enredado por los cuernos en la maleza. Atrapó el carnero y lo ofreció en sacrificio, en lugar de su hijo. Abraham puso por nombre a aquel sitio «el Señor provee», por lo que aun el día de hoy se dice: «el monte donde el Señor provee». El ángel del Señor volvió a llamar a Abraham desde el cielo y le dijo: «Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, yo te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades enemigas. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras».
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del salmo 15
Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás tropezaré.
Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Por eso se me alegran el corazón y el alma y mi cuerpo vivirá tranquilo, porque tú no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que sufra yo la corrupción.
Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti.
Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti. 

Oración

¡Oh Dios, Padre supremo de los creyentes!, que multiplicas sobre la tierra los hijos de tu promesa con la gracia de la adopción y, por el misterio pascual, hiciste de tu siervo Abraham el padre de todas las naciones, como lo habías prometido: concede a tu pueblo responder dignamente a la gracia de tu llamada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Tercera Lectura

Los israelitas entraron en el mar sin mojarse
Lectura del libro del Éxodo 14, 15-31; 15, 1a

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Diles a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú alza tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en el mar sin mojarse. Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a expensas del faraón y de sus carros y de su caballería. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a expensas del faraón, de sus carros y de su caballería».

El ángel del Señor, que iba al frente de las huestes de Israel, se colocó tras ellas, también la columna de nube de delante se desplazó de allí y se puso a sus espaldas, colocándose entre el campamento de los israelitas y el campamento de los egipcios. La nube era tinieblas para unos y claridad para otros, y así los ejércitos no trabaron contacto durante toda la noche.

Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio mar como en tierra seca, mientras que las aguas formaban una muralla a su derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos toda la caballería del faraón, sus carros y sus soldados.

Hacia el amanecer, el Señor miró desde la columna de fuego y humo al ejército de los egipcios y sembró entre ellos el pánico. Trabó las ruedas de sus carros, que apenas podían avanzar. Dijeron entonces los egipcios: «Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto». Entonces el Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes».

Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer las aguas volvieron a su sitio. Al huir los egipcios se encontraron con ellas, y el Señor los derribó en medio del mar. Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón que se había metido en el mar para perseguir a Israel. Ni uno solo se salvó.

Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían muralla a derecha e izquierda. Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Israel vio la mano fuerte del Señor y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo. Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Éxodo 15
Alabemos al Señor por su victoria.

Cantemos al Señor, sublime es su victoria: caballos y jinetes arrojó en el mar. Mi fortaleza y mi canto es el Señor, él es mi salvación, él es mi Dios, yo lo alabaré; es el Dios de mis padres, yo le cantaré.
Alabemos al Señor por su victoria.

El Señor es un guerrero, su nombre es el Señor. Precipitó en el mar los carros del faraón y a sus guerreros; ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.
Alabemos al Señor por su victoria.

El mar cayó sobre ellos; en las temibles aguas como plomo se hundieron. Extendiste tu diestra, Señor, y se los tragó la tierra.
Alabemos al Señor por su victoria.

Tú llevas a tu pueblo para plantarlo en el monte que le diste en herencia, en el lugar que convertiste en tu morada, en el santuario que construyeron tus manos. Tú, Señor, reinarás para siempre.
Alabemos al Señor por su victoria.

Oración

Tus antiguos prodigios se renuevan, Señor, también en nuestros tiempos, pues lo que tu poder hizo con las aguas para librar un solo pueblo de la esclavitud del faraón, lo repites ahora por medio del agua del bautismo, para salvar a todas las naciones. Concede a los humanos del mundo entero contarse entre los hijos de Abraham y participar de la dignidad del pueblo elegido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Epístola

Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6,3-11

Hermanos: Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte. En efecto, por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva.

Porque, si hemos estado íntimamente unidos a él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos en su resurrección. Sabemos que nuestro viejo yo fue crucificado con Cristo, para que el cuerpo del pecado quedara destruido, a fin de que ya no sirvamos al pecado, pues el que ha muerto queda libre del pecado.

Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá. La muerte ya no tiene dominio sobre él, porque al morir, murió al pecado de una vez para siempre; y al resucitar, vive ahora para Dios. Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del salmo 117
Aleluya, aleluya.

Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna. Diga la casa de Israel: Su misericordia es eterna.
Aleluya, aleluya.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es nuestro orgullo. No moriré, continuaré viviendo para contar lo que el Señor ha hecho.
Aleluya, aleluya.

La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.
Aleluya, aleluya.

Evangelio

Ha resucitado e irá delante de ustedes a Galilea
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28,1-10

Transcurrido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran templo, porque el ángel del Señor bajó del cielo y acercándose al sepulcro, hizo rodar la piedra que lo tapaba y se sentó encima de ella. Su rostro brillaba como el relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto. Y ahora, vayan de prisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán’. Eso es todo».

Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: «No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán».
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Oración sobre las Ofrendas

Acepta, Señor, los dones que te presentamos y concédenos que el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, que estamos celebrando, nos obtenga la fuerza para llegar a la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Antífona de Comunión

Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado. Así, pues, celebremos la Pascua con una vida de rectitud y santidad. Aleluya.

Oración después de la Comunión

Infúndenos, Señor, tu espíritu de caridad, para que vivamos siempre unidos en tu amor los que hemos participado en este sacramento de la muerte y resurrección de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

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