Miércoles 3 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús, antes de responder a la dificultad propuesta por los saduceos, quiere señalar la raíz de donde procede: la tendencia del hombre a reducir la grandeza divina a los límites humanos, una excesiva confianza en la razón, menospreciando la doctrina revelada y el poder de Dios. Alguien puede tener dificultades ante las verdades de la fe y esto no puede extrañar, pues esas verdades superan la razón. Pero es ridículo tratar de buscar contradicciones en la palabra revelada: ése es el camino para no resolver las dificultades y para extraviarse definitivamente. A la Sagrada Escritura y, en general, a las cosas de Dios uno debe acercarse con la humildad que la fe exige. Precisamente en el pasaje de la zarza ardiendo, que Jesús recuerda a los saduceos, Dios le dijo a Moisés: «Descálzate, que la tierra que estás pisando es sagrada» (Ex 3,5).

Meditación

Resucitaremos con nuestros propios cuerpos

I. La resurrección de los muertos estaba ya asentada desde en Antiguo Testamento (Is 26, 19; 2 M 7, 23; Jb 19, 25-26). “La Iglesia cree en la resurrección de los muertos y entiende que la resurrección se refiere a todo el hombre” (Congregación para la doctrina de la fe, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología): también a su cuerpo. El Magisterio ha repetido en numerosas ocasiones que se trata de una resurrección del mismo cuerpo, el que tuvimos durante nuestro paso por la tierra, en esta carne “en que vivimos, subsistimos y nos movemos” (Concilio XI de Toledo). Por eso, “las dos fórmulas resurrección de los muertos y resurrección de la carne son complementarias de la misma tradición primitiva de la Iglesia”, y deben seguirse usando los dos modos de expresarse (Congregación para la doctrina de la fe, Declaración acerca de la traducción del artículo “carnis resurrectionem” del Símbolo Apostólico). La liturgia recoge esta verdad consoladora en numerosas ocasiones: Dios nos espera para siempre en su gloria. ¡Qué tristeza tan grande para quienes todo lo han cifrado en este mundo! ¡Qué alegría saber que seremos nosotros mismos, alma y cuerpo, quienes, con la ayuda de la gracia, viviremos eternamente con Jesucristo, con los ángeles y los santos, alabando a la Trinidad Beatísima!

II. Toda alma, después de la muerte, espera la resurrección del propio cuerpo, con el que, por toda la eternidad, estará en el Cielo, cerca de Dios, o en el infierno, lejos de Él. Nuestros cuerpos en el Cielo tendrán diferentes características, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. La fe y la esperanza en la glorificación de nuestro cuerpo nos harán valorarlo debidamente. Sin embargo, qué lejos está de esta justa valoración el culto que hoy vemos tributar tantas veces al cuerpo. Ciertamente tenemos el deber de cuidarlo, pero sin olvidar que ha de resucitar en el último día, y que lo importante es que resucite para ir al Cielo, no al infierno. Más allá nos espera el Señor con la mano extendida y el gesto acogedor. III. Es conforme con la misericordia y justicia divinas que el alma vuelva a unirse al cuerpo, para que ambos, el hombre completo, participe del premio o castigo merecido en su paso por la vida en la tierra; aunque es de fe que el alma inmediatamente después de la muerte recibe el premio o el castigo, sin esperar el momento de la resurrección del cuerpo. Mucho nos ayudará a vivir con la dignidad y el porte de un discípulo de Cristo considerar frecuentemente que este cuerpo nuestro, templo ahora de la Santísima Trinidad cuando vivimos en gracia, está destinado por Dios a ser glorificado.

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