Jueves 4 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Acerca de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, la Encíclica ‘Mysterium fidei’ de Pablo VI, afirma: «Apoyado en esta fe de la Iglesia, el Concilio de Trento confiesa ‘abierta y sencillamente que en el fortalecedor sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente, Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles’ (De SS. Eucharistia, cap. 1). Por lo tanto, nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, conforme al modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el Sacramento de la Eucaristía según un modo de existir que, aunque apenas podemos expresar con palabras, podemos sin embargo alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que es posible para Dios» (n. 5). Las almas cristianas, contemplando este inefable misterio, siempre han percibido la grandeza de este Sacramento, que deriva de la realidad de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía no es solamente signo eficaz de una presencia amorosa de Cristo y de su íntima unión con los fieles, sino que en él Cristo está presente de modo corporal y sustancial, como Dios y como hombre.

Meditación

Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

I. La Epístola a los Hebreos define con exactitud al sacerdote cuando dice que es un hombre escogido entre los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1). Por eso, el sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, está ligado al Sacrificio que ofrece, pues éste es el principal acto de culto en el que se expresa la adoración que la criatura tributa a su Creador. Jesucristo, en el Calvario, constituido para siempre Sumo Sacerdote, se ofreció a Sí mismo como Víctima gratísima a Dios, de valor infinito: quiso al mismo tiempo ser sacerdote, víctima y altar (Misal Romano, Prefacio pascual V). En el Calvario, Jesús, Sumo Sacerdote, hizo la ofrenda de alabanza y acción de gracias más grata a Dios que pueda concebirse. A la vez, fue una ofrenda de carácter expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados. En la Cruz, la petición de Cristo por sus hermanos los hombres fue escuchada por el Padre, y ahora continúa en el Cielo siempre vivo para interceder por nosotros (Hb 7, 25).

II. De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia. Todos los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo, aunque de un modo esencialmente diferente, y no sólo de grado, que los presbíteros. Con alma verdaderamente sacerdotal, santifican al mundo a través de sus tareas seculares, realizadas con perfección humana, y buscan en todo la gloria de Dios. Todos, en cualquier sitio y profesión, reparamos los pecados que cada día se cometen en el mundo, ofreciendo en la Santa Misa nuestra vida y trabajos diarios. La dignidad del sacerdote causa asombro a los mismos ángeles. El sacerdote hace en muchas circunstancias las veces de Cristo en la tierra: tiene los poderes de Cristo para perdonar los pecados, enseña el camino al Cielo…, y presta sus manos y su voz a Cristo en el momento sublime de la Santa Misa. El sacerdocio es un don inmenso que Jesucristo ha dado a su Iglesia. ‘Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas, trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, nuestro cuerpo y a nuestra alma todos los días’. Hoy es un día para agradecer a Jesús un don tan grande y hacemos el propósito de tratarlos con más amor, con más reverencia, viendo en ellos a Cristo que pasa. III. El sacerdote es instrumento de unidad. El deseo del Señor es ‘ut omnes unum sint’ (Jn 17, 21), que todos sean uno. Al sacerdote corresponde, con su ejemplo y su palabra, mantener entre sus hermanos la conciencia de que ninguna cosa humana es tan importante como para destruir la maravillosa realidad del ‘un solo corazón y una sola alma’ (F. Suárez, El sacerdote y su ministerio) que vivieron los primeros cristianos y que hemos de vivir nosotros. Juntos demos gracias a María, Madre de los sacerdotes, por cada uno de ellos.

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