Sábado 6 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Nuestro Señor da una enseñanza en la que quiere resaltar la importancia de lo que aparentemente es insignificante. San Francisco de Sales comenta: «Como en el tesoro del Templo fueron estimadas las dos moneditas de la pobre viuda (…), las pequeñas obras buenas, aunque cumplidas con un poco de descuido y no con toda la energía de nuestra caridad, no dejan de ser gratas a Dios y de tener su mérito ante Él; de donde, aunque ellas por sí mismas no valen nada para aumentar el amor precedente (…), la Providencia divina, que tiene cuenta de ellas y por su bondad las estima, inmediatamente las recompensa con aumento de caridad en esta vida y con la asignación de mayor gloria en el cielo» (Tratado del amor de Dios, lib. 3,cap. 2).

Meditación

El valor de lo pequeño

I. El Evangelio de hoy (Mc 12, 38-44) nos relata lo mucho que Jesús se conmovió cuando vio a una viuda pobre que dejaba don moneditas de escaso valor en el cepillo del Templo. Esta limosna fue a los ojos de Dios la más importante aquel día. ¡Qué diferente es con frecuencia lo importante para Dios y lo importante para nosotros los hombres! A nosotros nos suele impresionar lo grande, lo llamativo. A Dios le conmueven pequeños detalles llenos de amor, que están al alcance de todos; también los sucesos que consideramos importantes, pero cuando están realizados con el mismo espíritu de rectitud, de humildad y de amor. “¿No has visto en qué pequeñeces está el amor humano? –Pues también en pequeñeces está el Amor divino” (S. Josemaría Escrivá, Camino). Solamente tiene valor real, verdadero y eterno lo que hacemos agradable a Dios. Hoy podemos considerar las grandes oportunidades de hacer cosas pequeñas por amor a Dios que le complacerán tanto como las monedas de la viuda pobre del Evangelio.

II. Son las cosas pequeñas las que hacen perfecta una obra y, por tanto, digna de ser ofrecida al Señor. No basta que aquello que se realiza sea bueno, sino que además debe ser una obra bien terminada. El cuidado de las cosas pequeñas viene exigido por la naturaleza propia de la vocación cristiana: imitar a Jesucristo en los años de Nazaret. Poner amor en lo pequeño por amor a Dios requiere atención, sacrificio y generosidad. El amor es lo que hace importante lo pequeño (S. Josemaría Escrivá, Camino). Si faltara amor no tendría sentido el interés por cuidar las cosas pequeñas: se convertiría en manía o fariseísmo. Uno de los síntomas de la tibieza es que se valoran poco los pormenores en la vida de piedad, los detalles en el trabajo, los actos pequeños y concretos en las virtudes; y se acaba descuidando también lo grande. El amor a Dios, por el contrario se pone de relieve en el esfuerzo por encontrar en todo ocasión de amor a Dios y de servicio a los demás. III. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles, por ejemplo, en que vayamos a saludarle –lo primero– al entrar a una iglesia; en ser puntuales a la Santa Misa; a la genuflexión bien realizada ante el Sagrario. El espíritu de mortificación se nos concreta en pequeños sacrificios: perseverancia en el examen particular, sobriedad en las comidas, puntualidad, trato afable, orden y cuidado de los instrumentos de trabajo. Si estamos atentos en lo pequeño, viviremos con plenitud todos los días con sentido de estar preparando la eternidad.

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