Jueves 18 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

«Padre nuestro, que estás en el cielo»: Es gran consuelo poder llamar «Padre nuestro» a Dios. Si Jesús, el Hijo de Dios, enseña a los hombres que invoquen a Dios como Padre es porque en ellos se da esta realidad consoladora, la de ser y sentirse hijos de Dios. «El Señor (…) no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor (…). Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 64).

Meditación

Oraciones vocales

I. La oración vocal es muy agradable a Dios, pero ha de ser verdadera oración: las palabras han de expresar el sentir del corazón. No basta recitar meras fórmulas, pues Dios no quiere un culto externo, quiere nuestra intimidad (San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro). Nuestro Señor quiso dejarnos la oración vocal por excelencia, el Padrenuestro, en la que, en pocas palabras compendia todo lo que el hombre puede pedir a Dios (San Agustín, Sermón 56). Descuidar la oración vocal significaría un gran empobrecimiento de la vida espiritual. Por el contrario, cuando se aprecian estas oraciones, a veces muy cortas pero llenas de amor, –como una jaculatoria–, se facilita mucho el camino de la contemplación de Dios en medio del trabajo o de la calle.

II. El secreto de la fecundidad de muchos cristianos está en su oración, en que rezan mucho y bien, porque la oración nos pone en relación íntima con Dios y nos empuja a conocerle y amarle más. La piedad auténtica es esa actitud estable que permite al cristiano valorar desde Dios, el trajín diario, donde encuentra ocasión para el ejercicio de las virtudes, el ofrecimiento de la obra acabada, la pequeña mortificación. Una mirada al crucifijo, o a una imagen de la Virgen, una jaculatoria, una breve oración vocal, ayudan a mantener ‘ese modo estable de ser del alma’, y así, nos es posible orar sin interrupción (1 Ts 5,17). El Padre nuestro que nos ha enseñado el mismo Cristo, el Ave María dicha por el Arcángel, oraciones de la liturgia, otras que fueron compuestas por hombres y mujeres con mucho amor de Dios, las que nos enseñó nuestra madre, todas son oraciones vocales que nos ayudarán a mantener la presencia de Dios, desde que ofrecemos el día al levantarnos, hasta antes de dormir. III. Es necesario poner la atención en lo que le decimos al Señor, y tendremos qué luchar a veces en detalles muy pequeños pero necesarios: pronunciar bien, con pausa, y huir de la rutina. Necesitamos una gracia especial de Dios para mantener una atención continua y perfecta al sentido de las palabras. A veces la atención se centrará al modo como se pronuncia, y en otros momentos se mirará a la persona a quien se habla. Nos será necesario rechazar cualquier actividad exterior que por su misma naturaleza impida la atención interior y hacer un esfuerzo por concentrarnos bien. Por otra parte, las simples distracciones involuntarias son imperfecciones que el Señor disculpa cuando nos ve poner empeño en rezar. Él y Su Madre nos verán con complacencia y nos bendecirán.

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