Jueves 9 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Hasta entonces los Profetas habían anunciado al pueblo escogido los bienes mesiánicos, a veces en imágenes acomodadas a su mentalidad todavía poco madura espiritualmente. Ahora, Jesús envía a sus Apóstoles a anunciar que ese Reino de Dios prometido es inminente, poniendo de manifiesto sus aspectos espirituales. Los poderes mencionados son precisamente la señal anunciada por los Profetas acerca del Reino de Dios o Reino mesiánico. Primariamente estos poderes mesiánicos los ejerce Jesucristo; ahora se los da a sus discípulos para mostrar que esa misión es divina (cfr Is 35,5-6; 40,9; 52,7; 61,1).

Meditación

Misión sobrenatural de la Iglesia

I. Jesús consuma la obra de la Redención con su Pasión, Muerte y Resurrección. Tras su Ascensión al Cielo envía al Espíritu Santo, para que sus discípulos puedan anunciar el Evangelio y hacer a todos partícipes de la salvación. Los Apóstoles representan a Cristo mismo y al Padre: ‘el que a vosotros oye a Mí me oye, y el que a vosotros deshecha a Mí me deshecha, y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me envió’ (Lc 10, 16). Es a través de ellos que la misión de Cristo se hará extensiva a todas las naciones y a todos los tiempos. Después de su Resurrección, Jesús dice a los Doce: ‘Id…, predicad el Evangelio, haced discípulos a todas las naciones. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mc 16, 15; Mt 28, 18-20). El Señor les concreta lo que han de predicar, el Evangelio. Nada les dice de la liberación del yugo romano que padecía la nación, o del sistema social y político en el que han de vivir, o de otras cuestiones exclusivamente terrenas. Ni vino Cristo para esto, ni para esto han sido ellos elegidos. Vivirán para dar testimonio de Cristo y difundir su doctrina.

II. La misión de nuestra Madre la Iglesia es dar a los hombres el tesoro más sublime que podemos imaginar, conducirlos a su destino sobrenatural y eterno a través de la predicación y de los Sacramentos. Sin embargo no se desatiende de las tareas humanas; por su misma misión espiritual, mueve a sus hijos y a todos los hombres a que tomen conciencia de la raíz de donde provienen los males, y urge a que pongan remedio a tantas injusticias, a las deplorables condiciones en que viven muchos hombres, que constituyen una ofensa al Creador y a la dignidad humana. Nosotros como corredentores de Cristo podemos hoy preguntarnos si llevamos a nuestros familiares y amigos la fe en Cristo y si la caridad nos lleva a promover un mundo más justo y humano. III. La fe en Cristo nos mueve a sentirnos solidarios de los demás hombres en sus problemas y carencias, en su ignorancia y falta de recursos económicos. Esta solidaridad no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas”, sino “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsable de todos” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis). De cada uno de nosotros se debería poder decir al final de la vida que, como Jesucristo, pasamos haciendo el bien. Pidámosle a la Santísima Virgen que nos ayude a ver a todos los hombres como a nuestros hermanos, pues somos hijos del mismo Padre.

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