Sábado 11 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«A quien me reconozca delante de los hombres…»: Con estas palabras Jesús nos está enseñando que la confesión pública de la fe en Él –con todas sus consecuencias– es condición indispensable para la salvación eterna. Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que cobardemente se avergonzaron de Él. Bajo el nombre de «confesores» la Iglesia honra a los santos que, sin haber sufrido el martirio de sangre, con su vida dieron testimonio de la fe católica. Si bien todo cristiano debe estar dispuesto al martirio, la vocación cristiana ordinaria es la de ser confesores de la fe.

Meditación

San Benito, Patrón de Europa

I. Al conmemorar el quince centenario del nacimiento de San Benito, el Papa Juan Pablo II recordaba el «trabajo gigantesco» del santo, que contribuyó en gran manera a configurar lo que más tarde sería Europa (Juan Pablo II, Homilía 1-I-1980). Era un tiempo en el que «corrían gran peligro no sólo la Iglesia, sino también la sociedad civil y la cultura. San Benito atestiguó, con insignes obras y con su santidad, la perenne juventud de la Iglesia». Además, «él y sus seguidores sacaron de la barbarie y llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros, y conduciéndolos a la virtud, al trabajo y al pacífico ejercicio de las letras, los unió en caridad a manera de hermanos» (Pio XII, Enc. Fulgens radiatur). Hoy estamos asistiendo, por desgracia, a un empeño decidido y sistemático que trata de eliminar lo más esencial de nuestras costumbres: su hondo sentido cristiano. Parece en ocasiones como si pueblos enteros se encaminaran a una nueva barbarie, peor que la de tiempos pasados. No parece exagerado pensar que en muchos lugares, si no llega el remedio oportuno, las ideas que están cristalizando darán lugar a una nueva sociedad pagana. Por influjo del laicismo, que prescinde de toda relación con Dios, en no pocas legislaciones civiles, los derechos y deberes del ciudadano se establecen sin ninguna relación con una ley moral objetiva. Y lo hacen compatible con una apariencia de bondad, que sólo engaña a personas de escasa formación y a los que ya han perdido el sentido de la dignidad humana.

Ante esta situación, el Papa Juan Pablo II ha hecho múltiples llamadas a una nueva evangelización de Europa y del mundo, en la que estamos todos comprometidos. Examinemos hoy, en la festividad de San Benito, nuestro sentido cristiano de la vida y el espíritu apostólico que debe animar todos nuestros actos.

II. La tarea de la recristianización de Europa y del mundo no se puede plantear como si sólo fuera abordable por aquellos que tienen una influencia política o pública considerable. Por el contrario, es tarea de todos. Volvemos de nuevo a evangelizar este mundo nuestro cuando vivimos como quiere Dios: cuando los padres y madres de familia comenzando por su conducta, por ejemplo en la generosidad en el número de hijos, en el modo de tratar a quienes les ayudan en las tareas domésticas, a los vecinos… educan a sus hijos en el desprendimiento de sus cosas personales, en el sentido del deber, en la austeridad de vida, en el espíritu de sacrificio para el cuidado de los mayores y de los más necesitados… Cooperan en la recristianización de la sociedad los predicadores y catequistas que recuerden, sin cansancio y sin reduccionismos oportunistas, todo el mensaje de Cristo; los colegios que, teniendo en cuenta los objetivos para los que fueron fundados, formen realmente en el espíritu cristiano; los profesionales que, aunque esto les acarree un cierto perjuicio económico, se nieguen a prácticas inmorales: comisiones injustas, aprovechamiento desleal de informaciones reservadas, de influencias, intervenciones médicas que pugnan con la Ley de Dios, o inserciones publicitarias que ayudan a sostener emisoras o publicaciones claramente anticristianas… Y siempre el apostolado personal basado en la amistad, que es eficaz en toda circunstancia. III. Existe un antiguo proverbio que dice: «más vale encender una cerilla que maldecir la oscuridad». Aparte de que no es propio de los hijos de Dios la queja sistemática sobre el mal, el clima pesimista y negativo, si los cristianos nos decidiéramos a llevar a cabo lo que está en nuestras manos, cambiaríamos el mundo de nuevo, como hicieron los primeros cristianos, pocos en número, pero con una fe viva y operativa. Es un gran error no hacer nada, por pensar quizá que se puede hacer poco. Una carta a un periódico alabando o agradeciendo un buen artículo, puede alentar al director de la publicación o al periodista a publicar otros en la misma línea; recomendar un buen libro puede ser el instrumento que utilice el Espíritu Santo para transformar un alma; expresar nuestra opinión con serenidad puede reafirmar a otro en su sentido cristiano… Todas nuestras acciones, con la gracia Dios, tienen repercusiones insospechadas. A San Benito, le encomendamos hoy esta tarea de todos de recristianizar la sociedad, y le pedimos que sepamos mostrar con nuestra vida y nuestra palabra «la perenne juventud de la Iglesia». Sobre todo, le pedimos esa santidad personal que está en la base de todo apostolado. «Veo amanecer –señala el Papa Juan Pablo II– una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio). Santa María, Reina de Europa y del mundo, ruega por todos aquellos que se hallan en camino hacia Cristo… ruega por nosotros.

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