Sábado 1 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Herodes el tetrarca, denominado «Antipas», es el mismo que más tarde aparece en la Pasión. Era hijo de Herodes el Grande. Antipas gobernaba la región de Galilea y Perea en nombre del emperador romano; estaba casado, según atestigua el historiador Flavio Josefo, con una hija de un rey de Arabia. A pesar de este matrimonio, convivía en concubinato con Herodías, mujer de su hermano. San Juan Bautista y el mismo Jesucristo reprendieron muchas veces las costumbres inmorales del tetrarca, cuyas relaciones ilícitas estaban expresamente prohibidas en la Ley y era notorio escándalo para el pueblo.

Meditación

San Alfonso María de Ligorio

I. La larga vida de San Alfonso «estuvo llena de un trabajo incesante: trabajo de misionero, de obispo, de teólogo y de escritor espiritual, de fundador y superior de una congregación religiosa». Le tocó vivir un tiempo en que la descristianización iba en continuo aumento. Por eso, el Señor le llevó a entrar en contacto con el pueblo, culturalmente desatendido y espiritualmente necesitado, mediante las misiones populares. Predicó incansablemente, enseñando la doctrina y alentando a todos, con la palabra y con sus escritos, a la oración personal, «que devuelve a las almas la tranquilidad de la confianza y el optimismo de la salvación. Escribió entre otras cosas: “Dios no niega a nadie la gracia de la oración, con la cual se obtiene la ayuda para vencer toda concupiscencia y toda tentación. Y digo, y repito y repetiré siempre mientras tenga vida, recalcaba el Santo, que toda nuestra salvación está en la oración”. De donde el famoso axioma: “El que reza se salva, el que no reza se condena”» (Juan Pablo II, Carta Apost. Spiritus Domini, en el II Centenario de la muerte de San Alfonso Mª de Ligorio, 1-VIII-1987). La oración ha sido siempre el gran remedio de todos los males, la que nos abre la puerta del Cielo. Ha sido ésta una enseñanza continua de las almas que han estado muy cerca de Dios.

Este santo, tan preocupado por la formación de las conciencias, comprendió que el camino que lleva a la pérdida de la fe comienza en muchas ocasiones por la tibieza y frialdad en la devoción a la Virgen. Y, por el contrario, la vuelta a Jesús comienza por un gran amor a María.

II. Los conocimientos teológicos del Santo y su experiencia personal le llevaron al convencimiento de que la vida espiritual y su restauración en las almas se ha de alcanzar, según el plan divino que Dios mismo ha preestablecido y realizado en la historia de la salvación, a través de la mediación de Nuestra Madre, por quien nos vino la Vida, y camino de retorno que nos lleva al mismo Dios.

Dios quiere, afirma el Santo, que todos los bienes que de Él nos llegan, nos vengan por medio de la Virgen Santísima. Y cita la conocida sentencia de San Bernardo: «que es voluntad de Dios que todo lo obtengamos por María» (San Bernardo, Sermón sobre el Acueducto). Ella es nuestra principal intercesora en el Cielo, la que nos consigue todo cuanto necesitamos. Es más, muchas veces se adelanta a nuestras peticiones, nos protege, sugiere en el fondo del alma esas santas inspiraciones que nos llevan a vivir con más delicadeza la caridad, a confesarnos con la regularidad que habíamos previsto; nos anima y da fuerzas en momentos de desaliento, sale en nuestra defensa en cuanto acudimos a Ella en las tentaciones… Es nuestra gran aliada en el apostolado: en concreto, permite que la torpeza de nuestras palabras encuentren eco en el corazón de nuestros amigos. Éste fue con frecuencia el gran descubrimiento de muchos santos: con María se llega «antes, más y mejor» a las metas sobrenaturales que nos habíamos propuesto.

III. «La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace de su beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo» (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 60). La Virgen, por ser Madre espiritual de los hombres, es llamada especialmente Mediadora, ya que presenta al Señor nuestras oraciones y nuestras obras, y nos hace llegar los dones divinos. Muchas de nuestras peticiones que no van del todo bien orientadas, Ella las endereza para que obtengan su fruto. Por su condición de Madre de Dios, Nuestra Señora entra a formar parte, de modo peculiar, en la Trinidad de Dios, y por su condición de Madre de los hombres tiene el encargo divino de cuidar de sus hijos que aún estamos como peregrinos que se dirigen a la Casa del Padre (Cfr. ibidem, n. 62). Pedimos hoy, en su fiesta, a San Alfonso Mª de Ligorio que nos alcance la gracia de amar a Nuestra Señora tanto como él la amó mientras estuvo aquí en la tierra, y nos aliente a difundir su devoción por todas partes. Aprendamos que con Ella llegamos antes, más y mejor a lo que solos no hubiéramos logrado jamás: metas apostólicas, defectos que debemos desarraigar, intimidad con su Hijo.

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