Lunes 28 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Dos episodios ponen de manifiesto las miras humanas de los Apóstoles. Jesús las contrapone a la sencillez del niño y la apertura del corazón, virtudes que se recuerdan a menudo en los primeros escritos cristianos: «Serás sencillo de corazón y rico de espíritu. (…) No te enaltecerás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás gloria. No concebirás una determinación perversa contra tu prójimo, ni infundirás a tu alma temeridad» (Epist. Barnab. 19,2-3).

Meditación

El sentido cristiano del dolor

I. La desgracia y el dolor son una realidad con la que nos tropezamos frecuentemente. Las enseñanzas del Libro de Job son siempre actuales. Job era un hombre temeroso de Dios que había recibido innumerables bendiciones. Satán insinúa que la virtud de Job es interesada y que desaparecería con la destrucción de sus riquezas. Job fue despojado de todos sus bienes y de su salud. Su conformidad con la voluntad divina y su fe se mantuvo firme a pesar de las burlas hirientes de su mujer: ‘Si recibimos de Dios los bienes, ¿porqué no también los males?’ (Job 2, 10). Hoy puede ser un buen día para que examinemos nuestra postura ante el Señor cuando, en nosotros o en aquellos que más queremos, se hacen presentes la desgracia y el dolor. Dios es nuestro Padre. También cuando nos visita la aflicción. ¿Nos comportamos como hijos agradecidos en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad?

II. Muchas veces, fuera de la fe, el sufrimiento del inocente y justo causa desconcierto… mientras que a otros que han vivido de espaldas a Dios parece que la vida les sonríe. La Pasión de Cristo es la única que puede dar luz a este misterio del sufrimiento humano, de modo particular al dolor del inocente. En la Cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Los padecimientos de Jesús fueron el precio de nuestra salvación (S. Josemaría Escrivá, Forja). Desde entonces, nuestro dolor puede unirse al de Cristo y, mediante él, participar en la Redención de la humanidad entera. III. Nunca pasa el dolor a nuestro lado dejándonos como antes. Purifica el alma, la eleva, aumenta el grado de unión con la voluntad divina, nos ayuda a desasirnos de los bienes, del excesivo apego a la salud, nos hace corredentores con Cristo…, o por el contrario, nos aleja del Señor y deja el alma torpe para lo sobrenatural y entristecida. Nosotros hemos de mirar a Cristo en medio de nuestras pruebas y tribulaciones. Nos fijaremos menos en la Cruz y daremos paso al amor. Encontraremos que cargar con la Cruz tiene sentido cuando la llevamos junto al Maestro. “A los pies del Crucificado es donde comprenderemos que en este mundo nos es posible amar sin sacrificio, pero el sacrificio es dulce al que ama” (A. Tanquerey, La divinización del sufrimiento). Pidamos a Santa María su reciedumbre y fortaleza, para estar como Ella al pie de la Cruz.

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