Sábado 29 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

Los que interrogan al Señor son los mismos que, días antes, buscaban el modo de perderle (cfr. Mc 11,18). En ellos está representado el judaísmo oficial de la época. Jesús había dado ya pruebas y signos de su mesianidad por medio de los milagros y de su doctrina a lo largo del ministerio público. Además, San Juan Bautista había cumplido su misión de dar testimonio acerca de Jesús. Por esta causa, antes de dar la respuesta, Nuestro Señor les exige que reconozcan la verdad proclamada por el Precursor. Pero ellos no quieren aceptar la verdad, ni tampoco oponerse públicamente a ella por temor al pueblo. Ante esa conducta que no quiere rectificar era inútil toda nueva explicación de Jesús. Este episodio contiene una lección que será siempre actual: quien intente pedir cuentas a Dios, quedará confundido.

Meditación

Derecho y deber de hacer apostolado

I. Se acercaron a Jesús los sumos sacerdotes mientras paseaba por los atrios del Templo y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante poder? (Mc 11, 27-33). El Señor los dejará sin respuesta porque no iban dispuestos a escuchar. Pero nosotros sabemos que el Señor es el soberano Señor del universo y que nada ha quedado fuera de Su soberanía y de Su influjo pacificador. Se me ha dado todo poder… Tiene también la potestad para evangelizar y llevar la salvación a cada pueblo y a cada hombre. Él mismo nos ha llamado para participar de Su misión, de meternos en la vida de los demás para que sean felices aquí en la tierra y alcancen el Cielo, para el que han sido creados. Hemos de aprovechar las oportunidades que se presentan y a suscitar otras que nos den ocasión de acercar esas almas al Señor: sugiriéndoles la lectura de un buen libro, dándoles un consejo, prestándoles un pequeño servicio, hablándoles claramente de la necesidad de acudir al sacramento de la Confesión.

II. “Nos lo pide Cristo: La mies es mucha, y los obreros son pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies (Mt 9, 37-38). No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros. ¡No, para esto no hay otros! Si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo. El ruego de Cristo se dirige a todos y a cada uno de los cristianos. Nadie está dispensado: ni por razones de salud, ni de edad, ni de ocupación. No existen excusas de ningún género. O producimos frutos de apostolado, o nuestra fe será estéril” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios). El amor a Cristo nos lleva al amor al prójimo. Por eso, el afán de dar a conocer al Maestro es el indicador que señala la sinceridad de vida del discípulo y la firmeza de su seguimiento. Si no fuera así, sería señal que nuestra caridad se ha enfriado, pues no da calor a quienes están a nuestro lado. III. La autoridad de Jesús proviene de haber sido constituido por Dios Padre “heredero universal de todas las cosas” (Hb 1,2) para ser Maestro, Rey, y Sacerdote de todos, Cabeza del Pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios” (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium). De este poder participa la Iglesia entera y cada uno de sus miembros. A todos los cristianos compete esta tarea de proseguir en el mundo la obra de Cristo, pero de modo especial a aquellos que, además de la vocación recibida en el Bautismo, han recibido una particular llamada del Señor para seguirle más de cerca. Jesús nos apremia. Pidámosle a la Virgen, Reina de los Apóstoles que nos ayude a ser más generosos.

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