Domingo 25 de Julio

El día de hoy se celebra la fiesta de Santiago Apóstol, patrono de la Arquidiócesis de Guatemala. Dejamos a su disposición el misal del día (17ª Semana del Tiempo Ordinario) y de la fiesta (Fiesta de Santiago, el mayor, Apóstol)

17ª Semana del Tiempo Ordinario

Reflexión sobre el Evangelio

«Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía»: aunque San Juan no refiere más que siete milagros y no menciona otros que narran los Sinópticos, en este versículo, y más expresamente al final de su Evangelio (20,30; 21,25), dice que fueron muchos los milagros realizados por el Señor; la selección de esos siete es debida a que el Evangelista, queriendo mostrar algunas facetas del misterio de Cristo, escoge –inspirado por Dios– aquellos que le van mejor a su propósito. Narra ahora el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que está en relación directa con los discursos de Cafarnaum, en los que Jesús se presenta a Sí mismo como «el pan de vida» (6,35.48).

Meditación

La fidelidad en lo pequeño

I. El Señor muestra su magnificencia con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6, 1-15), y cuando todos han comido cuanto quisieron, nos hace ver la necesidad de evitar el derroche inútil e irresponsable de los bienes y nos enseña el valor de las cosas pequeñas y de la pobreza cristiana: Recoged los trozos que han sobrado. La grandeza del alma de Cristo se manifiesta en los grandes prodigios y en lo poco de cada día. “La recogida de lo que sobró es un modo pedagógico de mostrarnos el valor de las cosas pequeñas hechas con amor de Dios: el orden de los detalles materiales, la limpieza, el acabar las tareas hasta el final” (Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA). Durante su vida en la tierra, vemos a Jesús bien atento a las situaciones humanas, y nos enseña a nosotros a santificar esas menudas realidades: estar en las cosas de los demás, estar en las cosas de la casa: no vivir en las nubes.

II. Es muy posible que se nos presenten pocas ocasiones de hacer un acto heroico. Toda nuestra vida está compuesta prácticamente de cosas que casi no tienen relieve. Las virtudes están formadas por una tupida red de actos que quizá no sobresalen de lo corriente y ordinario, pero en ellas, con heroísmo, se va forjando día a día la propia santidad: orden, puntualidad, el cuidado de los libros con los que estudiamos o los instrumentos con los que trabajamos, la afabilidad con nuestros colegas, con los miembros de nuestra familia, el darle sentido de trascendencia al mismo trabajo que hemos hecho por años. La vida se vuelve desamorada si permitimos que entre la rutina. A veces, lo más pequeño, como una sonrisa o un saludo amable, un favor insignificante, produce en los demás un bien desproporcionado. Cada día nos espera Cristo con las manos abiertas para recibir nuestras cosas pequeñas.

III. Las cosas pequeñas no suelen mover a la vanidad, que tantas obras deja vacías. ¿Quién aplaude a quien ha cedido el asiento en un camión o a quien ha dejado ordenados sus papeles y libros? ¿Quién le va a otorgar una medalla a una madre porque sonríe al final de la jornada, a una enfermera que trata con delicadeza a sus enfermos? Lo humano y lo divino se funden en una honda unidad de vida, que nos permite ganarnos poco a poco el Cielo con lo humano de cada jornada. El cuidado de lo pequeño alimenta de continuo nuestro amor a Dios. La Virgen nos enseñará a valorar lo pequeño hecho por amor a su Hijo.

Fiesta de Santiago, el mayor, Apóstol

Reflexión sobre el Evangelio

«Así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir»: El Concilio Vaticano II insiste de una manera notable en este aspecto de servicio que la Iglesia ofrece al mundo, y que los cristianos han de presentar como testimonios de su identidad cristiana: «Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y asegurando que haya en él cierta semilla divina, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que a esta vocación corresponde. No es ambición terrena lo que mueve a la Iglesia, sólo aspira a una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, que vino a este mundo a dar testimonio de la verdad, a salvar y no a juzgar, a servir y no a que le sirvieran» (Const. Past. Gaudium et spes, n. 3).

Meditación

Santiago, Apóstol

I. Pasando Jesús junto al lago de Galilea vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban repasando las redes, y los llamó, y les dio el nombre de «Boanerges», que significa «hijos del Trueno» (Antífona de entrada). «Todo comenzó cuando algunos pescadores del lago de Tiberiades fueron llamados por Jesús de Nazareth. Acogieron esta llamada, lo siguieron y vivieron con Él cerca de tres años. Fueron partícipes de Su vida cotidiana, testigos de Su plegaria, de Su bondad misericordiosa con los pecadores y con los que sufrían, de Su poder. Escucharon atentos Su palabra, una palabra jamás oída». En este tiempo, los discípulos tuvieron el conocimiento «de una realidad que, desde entonces, les poseerá para siempre; precisamente la experiencia de la vida con Jesús. Se había tratado de una experiencia que había roto la trama de la existencia precedente; habían tenido que dejar todo, familia, profesión, posesiones. Se había tratado de una experiencia que les había introducido en una nueva manera de existir» (C. Caffarra, Vida en Cristo). El Evangelio de la Misa nos narra cómo la madre de los hijos de Zebedeo, con sus hijos, se postró ante el Maestro para hacerle una petición (Mt 20,20). Le ruega que reserve para ellos dos puestos eminentes en el nuevo reino, cuya llegada parece inminente. Jesús se dirige a los hermanos y les pregunta si pueden compartir con Él su cáliz, su misma suerte. Desde que Cristo nos redimió en la Cruz, todo sufrimiento cristiano consistirá en beber el cáliz del Señor, participar en su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de nuestros dolores completamos en cierto modo su Pasión, que se prolonga en el tiempo, con sus frutos salvíficos. El dolor humano se convierte en redentor porque se halla asociado al que padeció el Señor. Es el mismo cáliz, del que Él, en su misericordia, nos hace partícipes. Ante las contrariedades, la enfermedad, el dolor, Jesús nos hace la misma pregunta: ¿podéis beber mi cáliz? Y nosotros, si estamos unidos a Él, sabremos responderle afirmativamente, como los apóstoles; y llevaremos con paz y alegría también aquello que humanamente no es agradable.

II. Desde que Santiago manifestó sus ambiciones, no del todo nobles, hasta su martirio hay un largo proceso interior. Su mismo celo, dirigido contra aquellos samaritanos que no quisieron recibir a Jesús porque daba la impresión de ir a Jerusalén (Lc 9,53), se transformará más tarde en afán de almas. Poco a poco, conservando su propia personalidad, fue aprendiendo que el celo por las cosas de Dios no puede ser áspero y violento, y que la única ambición que vale la pena es la gloria de Dios. Al meditar hoy sobre la vida del Apóstol Santiago nos ayuda no poco comprobar sus defectos, y los de aquellos Doce que el Señor había elegido. No eran poderosos, ni sabios, ni sencillos. Santiago, como los demás Apóstoles, tenía defectos y flaquezas que se pueden ver con claridad en los relatos de los Evangelistas. Pero, junto a estas deficiencias y fallos, tenía un alma grande y un gran corazón. El Maestro fue siempre paciente con él y con todos, y contó con el tiempo para enseñarles y formarlos con una sabia pedagogía divina. «Fijémonos escribe San Juan Crisóstomo en cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: “¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?”, sino que sus palabras son: ¿Podéis beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo tengo que beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su Pasión le da el nombre de bautismo, para significar con ello que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo» (San Juan Cristóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Mateo).

También a nosotros nos ha llamado el Señor. No demos entrada al desaliento si alguna vez las flaquezas y los defectos se hacen patentes. Si acudimos a Jesús, Él nos alentará para seguir adelante con humildad, más fielmente. También el Señor tiene paciencia con nosotros, y cuenta con el tiempo.

III. En la Segunda lectura de la Misa, San Pablo nos recuerda: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros (2 Co 4,7). Somos algo quebradizo, de poca resistencia, que sin embargo puede contener un tesoro incomparable, porque Dios obra maravillas en los hombres, a pesar de sus debilidades. Dios hace eficaz a quien tiene la humildad de sentirse como una vasija de barro, a quien lleva en su cuerpo la mortificación de Jesús, a quien bebe el cáliz de la Pasión, el mismo que Jesús bebió y al que invitó a Santiago. La tradición nos habla de este Apóstol predicando en España. Su afán de almas le llevó hasta el extremo del mundo conocido. La misma tradición nos cuenta las dificultades que encontró en estas tierras en los comienzos de su evangelización, y cómo Nuestra Señora se le apareció en carne mortal para darle ánimos. Es posible que a nosotros también nos llegue el desaliento en alguna ocasión y que nos encontremos algo abatidos por los obstáculos que dificultan nuestros deseos de llevar a Cristo a otras almas. Podemos incluso encontrar incomprensiones, burlas, oposiciones. Pero Jesús no nos abandona. Acudiremos a Él, y podremos decir con San Pablo: Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados… (2 Co 4,8). Y acudiremos a Santa María, y en Ella, como el Apóstol Santiago, encontraremos siempre aliento y alegría para seguir adelante en nuestro camino.

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