Sábado 21 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Jesucristo viene a enseñar la Verdad; más aún, Él es la Verdad (Ioh 14,6). De ahí la singularidad y el carácter único de su condición de Maestro. «La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación del sacrificio total en la Cruz por la salvación del mundo, su Resurrección son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación. De suerte que para los cristianos el Crucifijo es una de las imágenes más sublimes y populares de Jesús que enseña» (Catechesi tradendae, n. 9).

Meditación

San Pio X

I. San Pío X hizo realidad el lema de su Pontificado, instaurar en Cristo todas las cosas (San Pío X, Carta Apost. Bene nostis), en su honda preocupación por atajar los males doctrinales de su tiempo, que llegaban de mil formas al pueblo fiel. Insistía con frecuencia en el daño que produce la ignorancia de la fe: «es inútil esperar –solía decir– que quien no tenga formación pueda cumplir con sus deberes de cristiano». Exhortaba una y otra vez en la necesidad de enseñar el Catecismo. De esta inquietud por la formación cristiana surgió el llamado Catecismo de San Pío X, que tanto bien ha hecho en la Iglesia. Una buena parte de aquellos errores que combatió San Pío X parecen haber tomado carta de ciudadanía en nuestros días. Y en países evangelizados hace casi veinte siglos son muchedumbre los que no conocen las verdades más elementales de la fe. Muchos se encuentran indefensos y se dejan arrastrar por esos errores difundidos por unos pocos, con la complicidad de las propias pasiones (Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 34). Aquel llamamiento que hizo en su tiempo San Pío X para conservar y dar a conocer la buena doctrina sigue siendo plenamente actual. Es especialmente urgente que todos los cristianos, con los medios a nuestro alcance, demos a conocer las enseñanzas de la Iglesia sobre el sentido de la vida, el fin del hombre y su destino eterno, el matrimonio, la generosidad en el número de hijos, el derecho y deber de los padres para elegir la educación que éstos han de recibir, la doctrina social de la Iglesia, el amor al Papa y a sus enseñanzas, la malicia del crimen del aborto… Y para esto debemos utilizar todos los medios a nuestro alcance: las catequesis familiares, la difusión de libros buenos, las conversaciones que todos los días surgen sobre temas que afectan a la fe o a la moral… No olvidemos además, como ha recordado el Papa Juan Pablo II, que «¡la fe se fortalece dándola!» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, n. 2).

II. San Pío X tuvo fama de hacer milagros en vida. Un día fueron a verle al Vaticano sus antiguos parroquianos. Y con la sencillez y la confianza que siempre habían tenido con él y también con total falta de tacto, le preguntaron: «Don Beppe (así le llamaban cuando era párroco), ¿es cierto que usted hace milagros?» Y el Papa, con sencillez y buen humor, les respondió: «Mirad…, aquí en el Vaticano hay que hacer un poco de todo» (L. Ferrari, Pío X: Dalle mie memorie, Vicenza 1922, p. 1528). Sin embargo, un obispo brasileño, habiendo oído hablar de la fama de santidad del Pontífice, se trasladó en los primeros meses de 1914 a Roma para implorar del Santo la curación de su madre, enferma de lepra. Ante su insistencia, San Pío X le exhortó que se encomendara a Nuestra Señora y a algún otro santo. Pero el Obispo, insistente, le rogó: «Al menos, dígnese repetir las palabras de Nuestro Señor ante el leproso: Volo, mundare!» (quiero, sé limpio). Y el Papa, con una sonrisa, y condescendiente, repitió: «Volo, mundare!». Cuando el obispo regresó a su patria, encontró a su madre curada de la lepra (G. Dal-Gal, Pío X, el Papa Santo, Palabra, 2ª ed., Madrid 1988, p. 304).

III. Entre las graves responsabilidades y la dureza de tantos acontecimientos que hubo de sobrellevar San Pío X, el Señor le concedió no perder la sencillez y el buen humor. Para nosotros, que hemos tomado en serio nuestra fe, vivida en medio del mundo, son dos virtudes humanas que podemos pedir hoy al Señor por intercesión de este Santo Pontífice. Nos ayudarán a sentirnos hijos de Dios, a estar serenos y alegres en cualquier dificultad.

San Pío X amó y sirvió con suma fidelidad a la Iglesia. Desde el comienzo de su Pontificado acometió una serie de profundas reformas. De modo particular dedicó una especial atención a los sacerdotes, de quienes lo esperaba todo. De su santidad, dijo muchas veces y de modos distintos, dependía en gran medida la santidad del pueblo cristiano. En el Cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal dedicó a los sacerdotes una exhortación que tenía como motivo: Sobre cómo deben ser los sacerdotes que la Iglesia necesita. Pedía, ante todo, sacerdotes santos, entregados por entero a su labor de almas.

Muchos de los problemas, necesidades y circunstancias de aquellos once años de Pontificado de San Pío X, siguen siendo actuales. Por eso, hoy puede ser una buena ocasión para que examinemos cómo es nuestro amor con obras a la Iglesia; si, en medio de los quehaceres temporales, cada uno de nosotros tiene «una viva conciencia de ser un miembro de la Iglesia, a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos» (Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, cit., 28): dar buena doctrina, aprovechando toda ocasión oportuna, o creándola; ayudar a otros a que encuentren el camino de su reconciliación con Dios, mediante la Confesión sacramental: pedir cada día y ofrecer horas de trabajo bien acabado por la santidad de los sacerdotes; ayudar, con generosidad, al sostenimiento de la Iglesia y de obras buenas; contribuir a la difusión del Magisterio del Papa y de los Obispos, principalmente en asuntos que se refieren a la justicia social, a la moralidad pública, a la enseñanza, a la familia… «¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 518). Un amor que se traduce cada día en obras concretas. Examinemos también cómo es nuestro amor filial al Papa, que para todos los cristianos ha de ser «una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo» (S. Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, p. 32.). Meditemos junto al Señor si pedimos todos los días por la persona del Romano Pontífice, para que el Señor lo custodie y lo vivifique y le haga dichoso en la tierra…, si estamos unidos a sus intenciones, si rezamos por ellas.

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