Domingo 12 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Esta es la primera ocasión en que Jesús anuncia a los discípulos los sufrimientos y la muerte que tendrá que padecer. Más tarde lo hará otras dos veces. Ante esta revelación los Apóstoles se sorprenden, porque no pueden ni quieren entender que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento y la muerte, y mucho menos que le venga impuesto «por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas». Pedro, con su espontaneidad habitual, eleva en seguida una protesta. Y Jesús le responde usando las mismas palabras que dirigió al diablo cuando éste le tentó, para firmar, una vez más, que su misión no es terrena sino espiritual, y que por eso no puede ser entendida con los meros criterios humanos, sino según los designios de Dios. Estos eran que Jesucristo nos redimiera mediante su Pasión y Muerte. A su vez, el sufrimiento del cristiano, unido al de Cristo, es también medio de salvación.

Meditación

Con Jesús

I. Jesús les pregunta a sus discípulos (Lc 9, 18): ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos con sencillez le contestan las diferentes opiniones que oyen. Entonces volvió a preguntarles: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? En la vida hay preguntas que si ignoramos su respuesta nada nos sucede, hay otras que sí es importante conocer. Pero existe una pregunta en la que no debemos errar, y es la misma que Jesús les hizo a los Apóstoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Entonces y ahora sólo existe una única respuesta verdadera, la que le dieron los Apóstoles en boca de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo Unigénito de Dios: La Persona de la que depende toda mi vida; mi destino, mi felicidad, mi triunfo o mi desgracia se relacionan íntimamente con el conocimiento que de Ti tenga. Nuestra vida habrá valido la pena si hemos conocido, tratado, servido y amado a Cristo. Todas las dificultades tienen arreglo si estamos con Él, nada vale la pena si no estamos a su lado.

II. La preocupación primera del cristiano ha de consistir en vivir la vida de Cristo, en incorporarse a Él, como los sarmientos a la vid. El sarmiento depende de la unión con la vid, que le envía savia vivificante; separado de ella, se seca y es arrojado al fuego (Jn 15, 1-6). La vida del cristiano se reduce a ser por la gracia lo que Jesús es por naturaleza: hijos de Dios. Ésta es la meta fundamental del cristiano: imitar a Jesús, asimilar la actitud de hijo delante de Dios Padre. Jesús vive ahora y nos interpela cada día sobre nuestra fe y nuestra confianza en Él, sobre lo que representa en nuestra vida. Nos busca de mil maneras, ordena los acontecimientos para que el éxito y la desgracia nos lleven a Él.

III. “Ante Jesús no podemos contentarnos con una simpatía simplemente humana, por legítima y preciosa que sea, ni es suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, teológico, espiritual, social o como fuente de inspiración artística” (Juan Pablo II, Audiencia general). Jesucristo nos compromete absolutamente. Nos pide que al seguirle, renunciemos a nuestra propia voluntad para identificarnos con Él. Nos dice claramente: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera ganar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8, 34-35). El Señor habla abiertamente de la Pasión, con la cruz, con nuestro dolor, lo acompañamos en el Calvario y encontramos la verdadera felicidad, que tan cerca está siempre del amor y del sacrificio. Le decimos a Jesús que nos ayude a llevar la cruz de cada día con garbo, unidos a Él.

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