Domingo 16 de enero

Reflexión sobre el Evangelio

Los Santos Padres han visto en el vino de calidad, reservado para el final de las bodas, y en su abundancia, una figura del coronamiento de la Historia de la Salvación: Dios había enviado a los patriarcas y profetas, pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, cuya doctrina lleva a la perfección la Revelación antigua, y cuya gracia excede las esperanzas de los justos del Antiguo Testamento. También han visto en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna, que Dios concede a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida.

Meditación

El primer milagro de Jesús

I. Jesús y su Madre asisten a una boda en Caná. La Virgen, que presta su ayuda, se da cuenta que el vino escasea. Acaba de inaugurarse públicamente la predicación y el ministerio del Mesías, y su Madre le dice: No tienen vino (Jn 2, 1-12). Pide sin pedir; expone una necesidad: no tienen vino. Nos enseña a rogar. Parece como si Jesús fuera a negarle a María lo que le pide: no ha llegado mi hora, le dice. Pero la Virgen, que conoce bien el corazón de su Hijo, actúa como si hubiera accedido a su petición inmediatamente: haced lo que Él os diga, dice a los sirvientes. María es la Madre atentísima a todas nuestras necesidades, como no lo ha estado ni lo estará ninguna madre en la tierra. El milagro tendrá lugar porque la Virgen ha intercedido; sólo por esa petición. Nuestra Madre es la omnipotencia suplicante; desea que no cesemos de implorar su intervención ante Dios a favor nuestro. Y nosotros, ¡tan necesitados y tan remisos en pedir! ¡Tan desconfiados y tan poco pacientes cuando lo que pedimos parece que tarda en llegar!

II. Jesús, a petición de su Madre, convierte el agua en el mejor vino. Como el agua, también nuestra vida era insípida y sin sentido, hasta que Jesús ha llegado a nosotros. Él transforma nuestro trabajo, nuestras alegrías y nuestras penas; hasta la muerte es distinta junto a Cristo. El Señor sólo espera que realicemos nuestros deberes, ‘usque ad summum’, hasta arriba, llenad de agua las tinajas, acabadamente, para que Él realice el milagro. El mundo será entonces una fiesta de bodas, un lugar más habitable y digno del hombre, en el que la presencia de Jesús y María imprimen un gozo especial. No dejemos que la rutina, la impaciencia o la pereza, dejen a medio realizar nuestros deberes diarios porque el Señor quiere disponer de ello para realizar el prodigio.

III. Jesús no nos niega nada; y de modo particular nos concede lo que solicitemos a través de su Madre. Ella se encarga de enderezar nuestros ruegos si iban algo torcidos, como hacen las madres. Siempre nos concede más, mucho más de lo que pedimos, como ocurre en la boda de Caná, seis tinajas de piedra con capacidad de dos o tres metretas cada una –entre 480 y 720 litros (10)– ¡Y del mejor vino! Haced lo que Él os diga. Son las últimas palabras de Nuestra Señora en el Evangelio. No podían haber sido mejores.

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