Domingo 23 de enero

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús leyó el pasaje de Isaías 61,1-2 en donde el profeta anuncia la llegada del Señor, que librará al pueblo de sus aflicciones. En Él se cumple esa profecía, ya que es el Ungido, el Mesías que Dios ha enviado a su pueblo atribulado. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo para la misión que el Padre le encomienda. «Estas frases, según San Lucas (vv. 18-19), son su primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras conocidas a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres» (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 3).

Meditación

Formación doctrinal

I. Cuando escuchamos de pie, en actitud de vigilia, el Evangelio, sabemos que el Señor se dirige a cada uno en particular. “Nosotros –escribía San Agustín– debemos oír el Evangelio como si el Señor estuviera presente y nos hablase. No debemos decir: “felices aquellos que pudieron verle”. Porque muchos de los que le vieron le crucificaron; muchos de los que no lo vieron creyeron en Él. Las mismas palabras que salían de la boca del Señor se escribieron y se guardaron y conservaron para nosotros” (Tratado sobre el Evangelio de San Juan). Sólo se ama a quien se conoce; por eso, debemos leer y meditar el Santo Evangelio, porque nos conduce como de la mano al conocimiento y a la contemplación de Jesucristo. Sabemos que el mal que afecta a gran número de cristianos es la falta de formación doctrinal. Es más, muchos están infectados del error, enfermedad más grave que la misma ignorancia. ¡Qué pena si nosotros, por falta de la necesaria doctrina, no supiéramos darles a conocer a Cristo!

II. La obligación de conocer con profundidad la doctrina de Jesucristo, cada uno según las circunstancias de la vida, atañe a todos y dura mientras continúe nuestro caminar sobre la tierra. Nunca deberemos conformarnos con el conocimiento de Jesús que hayamos adquirido. El amor pide conocer más a la persona amada. Nosotros somos instrumentos en manos de Dios para darlo a conocer, y podemos mejorar, desarrollar nuevas posibilidades. Cada día podemos amar más y ser más ejemplares. En el mundo encontramos problemas éticos, nuevos y antiguos, para los cuales debemos conocer bien los argumentos a la luz de la doctrina, que nos permitan contrarrestar los ataques de los enemigos de la fe y saber presentarlos de forma atrayente, con claridad y con precisión. La ignorancia del contenido de la fe significa generalmente falta de fe, desidia y desamor, y nosotros queremos amar más cada día a Jesús.

III. La buena formación requiere tiempo y constancia. Es de trascendental importancia para nosotros, cuidar con esmero la práctica de la lectura espiritual, de acuerdo a un plan bien orientado, de modo que su contenido deje huella en nuestra alma. La virtud de la prudencia nos mueve a pedir consejo en las lecturas, especialmente de teología y filosofía que puedan afectar nuestra formación y nuestra fe. Si cuidamos los medios por los que nos llega la buena doctrina, poco a poco adquiriremos la buena semilla, y el mundo es un inmenso surco que Cristo quiere que sembremos con su doctrina.

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