Miércoles 23 de febrero

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor previene a los Apóstoles, y tras ellos a todos los cristianos, contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en la tarea apostólica, que se expresa bien en el refrán falso: «El bien, si no lo hago yo, ya no es bien». Por el contrario, debemos asimilar esta enseñanza de Cristo, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo.

Meditación

Unidad y diversidad en el apostolado

I. ‘Muchas son las formas de apostolado –proclama el Concilio Vaticano II- con las que los seglares edifican a la Iglesia y santifican al mundo, animándolo en Cristo’ (Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem). La única condición es ‘estar con Cristo’, con su Iglesia, enseñar su doctrina, amarle con obras. El espíritu cristiano ha de llevarnos a fomentar una actitud abierta ante formas apostólicas diversas, a poner empeño en comprenderlas, aunque sean muy distintas a nuestro modo de ser o de pensar, y alegrarnos sinceramente de su existencia, entre otras razones, porque la viña es inmensa y los obreros, pocos (Mateo 9, 37). No podemos vivir la fe y tener al mismo tiempo una mentalidad como de partido único. Nadie que trabaje con rectitud de intención estorba en el campo del Señor. Importa mucho que, entendiendo bien la unidad en la Iglesia, Cristo sea anunciado de modos bien diversos.

II. La doctrina de la Iglesia debe llegar a todas las gentes, y muchos lugares que fueron cristianos necesitan ser evangelizados de nuevo. En todos podemos sembrar la doctrina de Cristo, separando con delicadeza extrema los espinos que harían infructuosa la semilla: ‘no excluimos a nadie, no apartamos ninguna alma de nuestro amor a Jesucristo’ (S. Josemaría Escrivá, Carta). El cristiano es, por vocación, un hombre abierto a los demás, con capacidad para entenderse con personas bien diferentes por su cultura, edad o carácter. El trato con Jesús en la oración nos lleva a tener un corazón grande en el que caben las gentes más próximas y las más lejanas, sin mentalidades estrechas y cortas que no son de Cristo.

III. La diversidad, lejos de quebrantar la unidad de la Iglesia, representa su condición fundamental. Hemos de pedir al Señor advertir y saber armonizar de modo práctico estas realidades sobrenaturales en la edificación del Cuerpo Místico de Cristo: unidad en la verdad y en la caridad; y simultáneamente, reconocer para todos en la Iglesia la variedad pluriforme en espiritualidades, en enfoques teológicos, en acciones pastorales, en iniciativas apostólicas. La doctrina del Señor nos mueve no sólo a respetar la legítima variedad de caracteres, de gustos, de enfoques en lo opinable, en lo temporal, sino a fomentarla de modo activo. Así, todos los cristianos unidos en Cristo, en su amor y en su doctrina, fieles cada uno a la vocación recibida, seremos sal y luz, brasa encendida, verdaderos discípulos de Cristo.

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