Viernes 13 de mayo

Meditación

Leer y meditar el evangelio

I. Quien conoce a Jesucristo sabe la razón de su vida y de todas las cosas; nuestra existencia es un constante caminar hacia Él. Y es en el Santo Evangelio donde debemos aprender el modo de imitarle y de seguir sus pasos. Debemos leer el Evangelio con un deseo grande de conocer para amar. Nuestra lectura debe ir acompañada de oración, con fe, y también con piedad y santidad de vida. “Nosotros –escribe San Agustín– debemos oír el Evangelio como si el Señor estuviera presente y nos hablase. No debemos decir: ‘felices aquellos que pudieron verle’. Porque muchos de los que le vieron, le crucificaron; y muchos de los que no lo vieron, creyeron en Él. Las mismas palabras que salían de la boca del Señor se escribieron, se guardaron y se conservan para nosotros” (San Agustín, Comentarios al Evangelio de San Juan, 30).

II. No se ama sino aquello que se conoce bien. Nos acercamos al Evangelio para querer más al Señor, para conocer su Santísima Humanidad, con el deseo grande de contemplarlo tal como sus discípulos lo vieron, observar sus reacciones, su modo de comportarse, sus palabras…; verlo lleno de compasión ante tanta gente necesitada, admirado ante la fe de su madre o del centurión, paciente ante los defectos de sus fieles seguidores. También le contemplamos en el trato habitual con su Padre, en sus noches de oración, en su amor constante por todos.

III. Jesucristo nos sigue hablando. Sus palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales. En cierto modo, lo que narra el Evangelio está ocurriendo ahora, en nuestros días, en nuestra vida. El Evangelio nos revela lo que es y lo que vale nuestra vida, y nos traza el camino que debemos seguir. Es conveniente, en muchas ocasiones, hacer la lectura cotidiana a primera hora del día, procurando sacar de esa lectura una enseñanza concreta y sencilla que nos ayude en la presencia de Dios durante la jornada o a imitar al Maestro en algún aspecto de nuestro comportamiento: estar más alegres, tratar mejor a los demás, estar más atentos hacia aquellas personas que sufren, ofrecer el cansancio. Madre mía, ¡ayúdame a conocer mejor a tu Hijo para amarlo más!

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