Domingo 15 de mayo

Meditación

Ser justos

I. La justicia es la virtud cardinal que permite una convivencia recta y limpia entre los hombres: “es principio fundamental de la existencia y de la coexistencia de los hombres, como también de las comunidades humanas, de las sociedades y de los pueblos” (Juan Pablo II, Audiencia General, 8-XI-1978). La justicia, en palabras de Santo Tomás es “una voluntad constante e inalterable de dar a cada uno lo suyo” (Suma Teológica, 2-2, q. 4 a 7). La justicia regula las relaciones de los hombres entre sí, dando a cada uno lo que le es debido. Otra faceta de la justicia se refiere a los deberes de la sociedad en relación a lo que cada individuo le corresponde, y finalmente a lo que cada individuo concreto debe a la comunidad a la que pertenece. La justicia en una sociedad viene de quienes la componen, que cada uno comience a ser justo en ese triple plano para tener una sociedad, más justa, recta y limpia.

II. La fe nos urge porque es grande la necesidad de justicia que existe en el mundo. El cristiano se esfuerza en remediar lo injusto por amor a Jesucristo y a sus hermanos los hombres. El justo, en el pleno sentido de la palabra, es aquel que va dejando a su paso amor y alegría, y no transige con la injusticia allí donde la encuentra. Si hacemos examen, es posible que encontremos injusticias que remediar: juicios precipitados contra personas o instituciones, rendimiento en el trabajo, trato justo a otras personas.

III. El origen, la gran fuerza que mueve al hombre justo, es el amor a Cristo; cuanto más fieles al Señor seamos, más justos seremos, más comprometidos con la verdadera justicia. El Señor está en cada hombre que padece necesidad, Cristo nos espera en nuestros hermanos. Por eso, en el cristiano no puede haber verdadera justicia si no está informada por la caridad. Cristo, en nuestras relaciones con el prójimo, quiere más de nosotros. A Él hemos de pedirle “que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad” (S. Josemaría Escrivá, o.c., 167).

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