Domingo 26 de junio

Meditación

No mirar atrás

I. San Lucas nos presenta en el Evangelio de la Misa (9, 57-62) a unas personas que quieren seguir al Señor. Jesús les deja claro el género de vida que les espera si de verdad le siguen: un ir y venir predicando el Evangelio y dando la salvación a todos. Jesús no tiene dónde reclinar la cabeza. Así ha de ser la vida de los que le siguen: han de estar desprendidos de las cosas y su disponibilidad ha de ser completa, además de ser pronta, alegre, sin condiciones. Cuando Dios llama es el momento más oportuno, y tiene todo dispuesto desde la eternidad para que de esa elección resulte el bien de todos. Dilatar la entrega ante Jesús que pasa a nuestro lado puede significar que más tarde, cuando intentemos de nuevo darle alcance, ya no le encontremos.

II. No se puede mirar para atrás después de la llamada del Señor. Para ser fieles y felices, es preciso tener siempre los ojos fijos en Jesús, como el corredor que, iniciada la carrera, no se distrae en otros asuntos: sólo le importa la meta. La tentación de mirar atrás puede tener muchas causas: las propias limitaciones, el ambiente, la conducta de personas que deberían ser ejemplares y no lo son, la falta de esperanza, o la tibieza que se introduce en el corazón por no tener los ojos puestos en el Señor. Mirar atrás, a lo que se dejó, “a lo que pudo ser”, con nostalgia o tristeza, puede significar echar a perder la misión encomendada… Y en la tarea sobrenatural a la que el Señor nos llama a todos, lo que está en juego son las almas.

III. El hombre se define por la vocación recibida. Cada hombre es aquello para lo que Dios lo ha creado, y la vida humana no tiene otro sentido que ir conociendo y realizando libremente esa voluntad divina. Habitualmente la fidelidad a la propia vocación se encuentra en lo pequeño de cada jornada, de amar a Dios en el trabajo, en las alegrías y penas, de rechazar con firmeza aquello que de alguna manera signifique mirar donde no podemos encontrar a Cristo. La fidelidad se apoya en la humildad para reconocer que tenemos pies de barro; en la prudencia y sinceridad; en la caridad y fraternidad que nos impiden encerrarnos en nosotros mismos; en el espíritu de mortificación que lleva a la templanza y a no buscar compensaciones; y al espíritu de oración que nos lleva a tratar a Dios como al Amigo de toda la vida. Le decimos al Señor que queremos ser fieles: ¡Señor, sin Ti nuestra vida quedaría rota y descentrada! Al terminar nuestra oración acudimos a la Virgen fidelísima, nuestra Madre Santa María.