Domingo 3 de julio

Meditación

Como un río de paz

I. La liturgia de este domingo se centra de modo particular en la paz como un gran bien para el alma y para la sociedad. El Evangelio (Lc 10, 1-12; 17-20) relata el envío de los discípulos anunciando la llegada del reino de Dios: Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si hay allí gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Este mensaje lo repetirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, después de tantos años, vemos que el mundo no está en paz; la ansía y clama por ella, pero no la encuentra. No hay paz en la sociedad, ni en las familias, ni en las almas. Quizá el mundo la esté buscando donde no la puede encontrar, porque la paz viene de Dios y es un don divino que sobrepuja todo entendimiento (Flp 4, 7), y se otorga sólo a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14), a quienes procuran con todas sus fuerzas acomodar su vida al querer divino.

II. En los comienzos, antes de que se cometiera el pecado original, todo estaba ordenado para dar gloria a Dios y para felicidad de los hombres. No existían las guerras, los odios, los rencores, la incomprensión, las injusticias… Ahí hemos de buscar la causa de todos los desequilibrios que vemos a nuestro alrededor: así como la violencia y la injusticia, –señala Juan Pablo II– tienen raíces profundas en el corazón humano, también del corazón humano, de su inmensa capacidad de amar, de su generosidad para el sacrificio, es de donde pueden surgir –fecundados por la gracia de Cristo– sentimientos de fraternidad y obras de servicio a los hombres que como ríos de paz (Is 66, 12) cooperen a la construcción de un mundo más justo, en el que la paz tenga carta de ciudadanía e impregne todas las estructuras de la sociedad (A. Del Portillo, Homilía). La paz es consecuencia de la gracia santificante, como la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, es consecuencia del pecado.

III. La presencia de Cristo en el corazón de sus discípulos es el origen de la verdadera paz, que es riqueza y plenitud, y no simple tranquilidad o ausencia de dificultades y de lucha. Este fluir de paz en nuestro corazón, como un torrente en crecida, comienza por el reconocimiento de nuestros pecados, de las faltas, negligencias y errores con verdadera contrición. Entonces, si somos humildes y miramos a Cristo, descubriremos su gran misericordia, y confirmaremos que la paz del mundo comienza en el corazón de cada hombre. Reina de la paz, ora por nosotros… ora por mí.

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