Domingo 21 de agosto

Meditación

Con sentido católico, universal

I. Además de otras funestas consecuencias, el pecado original dio el fruto amargo de la posterior división de los hombres. La soberbia y el egoísmo, que hunden sus raíces en el pecado de origen, son la causa más profunda de los odios, de la soledad y las divisiones. La Redención, por el contrario, realizaría la verdadera unión mediante la caridad de Jesucristo, que nos hace hijos de Dios y hermanos de los demás. El Señor, a través de su amor redentor, se constituye en centro de todos los hombres. Todos los hombres tenemos una vocación para ir al Cielo, el definitivo Reino de Cristo. Para eso hemos nacido, porque Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2, 4). Muchos se apoyarán en nuestro ejemplo para afianzar, con nuestra conducta y con nuestra caridad, su debilidad, y para comprender que el camino estrecho que lleva al Cielo se convierte en senda ancha para quienes aman a Cristo.

II. El Señor ha querido que participemos en su misión de salvar al mundo –a todos– y ha dispuesto que el afán apostólico sea elemento esencial e inseparable de la vocación cristiana. El deseo de acercar a muchos al Señor, no lleva a hacer cosas raras o llamativas, y mucho menos a descuidar los deberes familiares, sociales y profesionales. Es precisamente en esas tareas donde encontramos el campo para una acción apostólica muchas veces callada, pero siempre eficaz. En medio del mundo, donde Dios nos ha puesto, debemos llevar a los demás a Cristo: con el ejemplo, mostrando coherencia entre la fe y las obras; con la alegría constante; con la serenidad ante las dificultades, presentes en toda la vida; a través de la palabra que anima siempre, y que muestra la grandeza y maravilla de encontrar y seguir a Jesús; ayudando a unos para que se acerquen al sacramento del perdón, fortaleciendo a otros que estaban a punto de abandonar al Maestro.

III. ‘Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas’ (Mc 16, 15), leemos en el Salmo responsorial de la Misa. Son palabras de Cristo bien claras; de la tarea que habrán de realizar sus discípulos de todas las épocas, no excluye a ningún pueblo o nación, a ninguna persona. El Señor se sirve de nosotros para iluminar a muchos; comencemos hoy por quienes tenemos más cerca. Acudimos a nuestra Madre Santa María, ‘Regina apostolorum’, y Ella facilitará nuestra tarea constante, paciente, audaz.

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