Viernes 9 de septiembre

Meditación

Filiación divina

I. Cada uno de nosotros puede afirmar que Dios ha derramado su gracia sobre él. Dios nos creó, y luego ha querido darnos gratuitamente la dignidad más grande: Ser hijos suyos, alcanzar la felicidad de ser de su propia familia (Ef 2, 19). La filiación divina natural se da en Dios Hijo. Pero Dios quiso, a través de una nueva creación, hacernos hijos adoptivos, partícipes de la filiación del Unigénito: Ved qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos (1 Jn 3, 1). Toda la vida queda afectada por el hecho de la filiación divina: nuestro ser y nuestro actuar. Descubrimos que Dios, además de ser el Ser Supremo, Creador y Todopoderoso, es verdaderamente Padre amoroso de cada uno, y nuestra vida se convierte en un abandono en los brazos fuertes del Padre… y deseo vivo –que se traduce en obras– de dar alegrías a nuestro Padre Dios, de quien nos sabemos muy queridos.

II. Quien se sabe hijo de Dios no debe tener temor alguno en su vida, porque Él conoce nuestras necesidades reales. Cuando navegamos en el mar de la vida, en la calma y en la tempestad, cuando tratamos de identificar nuestra voluntad con la de Dios, el timón de la vida lo lleva Él, que conduce bien el rumbo a puerto seguro. Sin embargo, puede suceder que, en algunas ocasiones en medio de las dificultades, cuando parece que la cabeza enloquece y el corazón se rompe, podemos repetir despacio, con un dulce paladeo: ‘Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas, –Amén’ (S. Josemaría Escrivá, Camino). Ese abandono en las manos de nuestro Padre nos dará una paz inquebrantable.

III. Los cristianos somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre, que ha querido establecer con nosotros el vínculo sobrenatural de la caridad. Las manifestaciones que esta fraternidad debe tener en la vida corriente son innumerables: respeto mutuo, delicadeza en el trato, espíritu de servicio y ayuda en el camino que nos lleva a Dios. Lo lograremos si miramos a los demás con ojos nuevos, como a hermanos a quienes Dios tiene un amor particular. Nuestro amor a ellos ha de ser sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota, que naturalmente nos impulsará al apostolado. Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos enseñará a abandonarnos en el Señor como niños pequeños y a portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios.

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