Martes 24 de enero

Meditación

La voluntad de Dios

I. Todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre, respondió Jesús al que le avisaba que Su Madre le buscaba. Es la nueva familia de Cristo, con lazos más fuertes que los de la sangre, y a la que pertenece María en primer término, pues nadie cumplió jamás la voluntad divina con más amor y más hondura que Ella. Nosotros tenemos la inmensa alegría de poder pertenecer, con lazos más fuertes que los de la sangre, a la familia de Jesús, en la medida que cumplimos la voluntad divina. Hoy podemos examinar si deseamos cumplir siempre lo que Dios quiere de nosotros, en lo grande y en lo pequeño, en lo que es grato y en lo que nos desagrada, y pedir a Nuestra Señora que nos enseñe a amar esta santa voluntad en todos los acontecimientos, también en aquellos que nos cuesta entender o interpretar adecuadamente.

II. Si nosotros queremos imitar a Cristo, nuestra actitud debe ser amar lo que Dios quiere, que entendámoslo o no, es siempre el camino que conduce al Cielo, el fin de nuestra vida. Él sólo desea nuestro bien. Dios manifiesta Su voluntad a través de los Mandamientos que son la expresión de todas las obligaciones y la norma práctica para que nuestra conducta esté dirigida a Dios. Dios también se manifiesta a través de las indicaciones, consejos y Mandamientos de nuestra Madre la Iglesia; de los consejos recibidos en la dirección espiritual; de las obligaciones del propio estado, y en aquellos sucesos que Él permite. Hay una providencia oculta detrás de cada acontecimiento: todo está ordenado y dispuesto para que sirva al bien de todos. Obtendremos muchos frutos espirituales si nos acostumbramos a hacer actos de identificación con la voluntad de Dios en lo grande y en lo pequeño: “Jesús, lo que Tú quieras… yo lo amo”.

III. Cuando veamos que Dios quiere algo de nosotros, debemos hacerlo con prontitud y alegría. Porque muchos se rebelan cuando los proyectos del Señor no coinciden con los suyos; otros solamente se resignan como un simple doblegarse porque no hay otro remedio, sin amor. El Señor quiere que amemos el santo abandono, confiando plenamente en nuestro Padre Dios, sin dejar de poner, por otra parte, los medios que el caso requiera. Siempre recordemos la alabanza de Jesús a su Madre: “¡El que cumple la voluntad de mi Padre, ése –ésa– es mi madre” (S. Josemaría Escrivá, Surco).

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