Viernes 5 de agosto

Meditación

El amor y la cruz

I. Un seguimiento interior y muy hondo de Jesús requiere algo más que el desprendimiento, e incluso el abandono efectivo de casa, hogar, familia y bienes… Así lo manifestó el Señor en el Evangelio: ‘Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame’ (Mt 16, 24-25). Negarse a sí mismo significa renunciar a ser uno el centro de sí mismo. El único centro del verdadero discípulo sólo puede ser Cristo, a Quien se dirigen constantemente los pensamientos, los afanes y el quehacer ordinario. Cargar con la Cruz indica que estamos dispuestos a seguirle sin poner límite alguno y a identificar nuestra voluntad con la suya. Jesús entregó su vida por amor, y si nosotros queremos seguirle ¿cómo podremos rechazar la Cruz, el sacrificio, que tan íntimamente está relacionado con el amor y la entrega? “Tener la Cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor!” (S. Josemaría Escrivá, Forja).

II. En nuestra vida vamos a encontrar penas como todos los hombres. Son ocasiones inmejorables para mirar un crucifijo y contemplar a Cristo y comprender que Él, desde la Cruz, nos está diciendo: “a ti te quiero más”, “de ti espero más”. Algunas veces sufriremos penas grandes, pero la mayoría de las veces, encontraremos la Cruz en asuntos pequeños y cotidianos: el cansancio, la falta de tiempo, llevar con caridad los defectos de las personas con las que convivimos, una pequeña humillación. Ahí nos espera el Señor, nos pide que aceptemos esas contradicciones, pequeñas o grandes, sin quejas, sin malhumor, sin rebeldía. Nuestros sufrimientos, unidos a la Cruz de Cristo, cobran un inmenso valor para reparar por tantos pecados que se cometen en la tierra, y por los nuestros también.

III. No podemos limitarnos solamente a las contrariedades, sino que habremos, con generosidad, de buscar una expiación voluntaria, señal de un verdadero espíritu de penitencia. La Iglesia nos propone el día viernes para que contemplemos la Pasión de Cristo. Podemos rezar el Vía Crucis o meditar o leer la Pasión del Señor. Buscar mortificaciones pequeñas como ser más cordiales en el trato, vencer los estados de ánimo, cuidar la puntualidad, comer un poco menos de lo que nos gusta, mantener el orden, mortificar la curiosidad, no quejarse del calor o del frío. Hoy terminamos nuestra oración diciendo: “Dame, Jesús, Cruz sin cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo; sé Tú mi Cirineo. Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante… Pero ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? –Yo te digo, Señor, que Contigo estaría alegremente triste” (S. Josemaría Escrivá, Forja).

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